VII-2

2043 Words

—Tienes razón, Actea —contestó Ligia—; seguiré tu consejo. Probablemente, Ligia no podría darse cuenta cómo influían en ella el deseo de ver a Vinicio y a Petronio, la curiosidad femenina de ver una vez en la vida semejante fiesta, y en ella al César, a la corte y a la famosa Popea y a otras beldades, y admirar aquel inusitado esplendor del cual tanto se hablaba en Roma. Pero Actea tenía razón, y Ligia se daba perfecta cuenta de ello. Había que ir, y cuando vio que la necesidad y el sentido común ayudaban a la tentación latente dejó de vacilar. Actea la condujo a su propio unctuarium para ungirla y vestirla. Y como en la casa del César el número de esclavos no era pequeño, Actea disponía de muchos para su servicio personal. Por la compasión que le inspiraba la joven, cuya inocencia y bel

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