IX A Ligia le daba pena de Pomponia Grecina, a quien amaba con toda su alma, y sentía perder el hogar de Aulo. Sin embargo, su desconsuelo era menor porque experimentaba cierta dulzura al considerar que sacrificaba en aras de su Verdad el bienestar y la comodidad, y que iba a emprender una vida errante y desconocida. Quizá había en ello algo de infantil curiosidad acerca de cómo sería la vida en aquellos lejanos países, entre bárbaros y animales salvajes, pero más que nada era el convencimiento profundo de que obrando así cumplía lo ordenado por el divino Maestro, y desde entonces Él la protegería como a una hija obediente y buena. Y, en ese caso, nada tenía que temer. Todos los sufrimientos que le aguardaban los aceptaría por Él. Y si llegaba la muerte inesperadamente, Él la llamaría a

