Capitulo 8: Decisiones

1009 Words
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas del nuevo apartamento de Laura, dibujando líneas doradas sobre las paredes desnudas. El silencio era casi absoluto, roto solo por el zumbido lejano del tráfico y el eco de sus propios pensamientos. Había algo inquietante en esa calma, como si la soledad se hubiera instalado para recordarle que, aunque estaba lejos de Carl, él seguía presente en cada rincón de su mente. Laura se levantó lentamente, la sensación de vacío clavada en el pecho. Se acercó a la ventana y miró hacia la ciudad que despertaba, como si allí estuviera la respuesta a tantas preguntas que aún no sabía cómo formular. Durante semanas había sentido que su vida se desmoronaba poco a poco, cada mentira, cada secreto se había convertido en una grieta que amenazaba con hacerla caer. La distancia le había dado un respiro, pero también la había enfrentado a una realidad que no podía ignorar. Mientras se preparaba para salir, su teléfono vibró en la mesa de noche. Era un mensaje de David. “¿Podemos hablar? Sé que esto es difícil, pero creo que Carl necesita apoyo.” Laura dudó unos segundos, luego decidió responder afirmativamente. --- En el hospital, la rutina diaria se sentía más pesada que nunca. Las miradas furtivas, los susurros en los pasillos y la atmósfera cargada de tensión hacían que cada paso fuera un recordatorio de lo que se había convertido su vida. Laura intentaba concentrarse en su trabajo, en sus pacientes, pero la sombra de Carl y Emily parecía acecharla en cada rincón. David la esperaba en la cafetería del hospital, un lugar pequeño y discreto donde podían hablar sin interrupciones. Cuando Laura llegó, él la recibió con una sonrisa cálida, pero sus ojos revelaban preocupación. —Laura, sé que todo esto es un desastre —comenzó—. Carl está hecho polvo. No sabe qué hacer ni qué quiere. Está atrapado entre su matrimonio y lo que siente por ti. Laura apretó las manos alrededor de su taza, intentando calmar el temblor que sentía. —¿Y tú? ¿Qué piensas? —preguntó con voz baja. David suspiró. —Quiero que sea feliz, pero también quiero que se haga responsable de sus actos. No puede seguir viviendo en esta mentira. Tanto tú como Emily merecen la verdad. Una mezcla de sentimientos revoloteó en Laura: gratitud, tristeza, culpa. —Yo solo quiero paz —dijo finalmente—. No sé si eso es posible con todo esto. David asintió con comprensión. —Nadie dijo que fuera fácil. Pero evitarlo solo hace que duela más. --- En los días siguientes, los rumores sobre la crisis financiera y el enfrentamiento en la junta se esparcieron como un incendio. El hospital, pequeño pero muy conectado, se convirtió en un hervidero de especulaciones. Laura comenzó a sentir el peso de las miradas, las preguntas no formuladas y el juicio silencioso. En más de una ocasión, compañeros se le acercaban con precaución, ofreciéndole sonrisas forzadas o palabras de apoyo que ella apenas podía aceptar. Una tarde, después de una larga jornada, recibió una llamada inesperada. Era Carl. —Laura —su voz sonaba agotada—, necesito verte. Hay algo que debo decirte, algo que no puedo hablar por teléfono. Ella sintió un nudo en la garganta, pero accedió. —Está bien. Dime dónde y cuándo. Pactaron encontrarse en un pequeño café cercano, un refugio neutral donde el ruido del mundo parecía apagarse. --- Cuando Laura llegó, encontró a Carl ya esperando en una mesa al fondo, con las manos entrelazadas y la mirada perdida. —Gracias por venir —dijo él, levantándose para saludarla con un abrazo tímido. Se sentaron y, por un momento, solo escucharon el murmullo lejano del lugar. Carl fue el primero en romper el silencio. —Laura, lo que pasó con Emily no es solo un problema económico. Es la punta del iceberg de algo mucho más profundo —suspiró—. Nuestra relación está rota. Pero no solo la mía, la de todos. Ella lo miró con atención, sintiendo que por fin salía a la luz lo que había estado enterrado. —¿Qué quieres decir? —preguntó suavemente. Carl se pasó una mano por el cabello, exhalando un suspiro pesado. —Emily y yo hemos estado distantes mucho tiempo, pero ella hizo cosas que no puedo ignorar. Sacó dinero, vendió propiedades... y lo hizo todo sin hablar conmigo. Siento que ya no sé quién es, y eso me aterra. Laura tragó saliva, tratando de procesar la intensidad de sus palabras. —¿Y tú? ¿Qué quieres? Carl la miró fijamente. —Quiero encontrar una manera de ser feliz. No solo para mí, sino para todos los que están involucrados. Pero no sé cómo hacerlo. Me siento perdido, atrapado en una encrucijada sin salida. Ella sintió que su propio corazón se quebraba por ese hombre que amaba y que parecía desmoronarse frente a ella. —Carl, yo también estoy perdida —confesó—. Pero seguir huyendo no nos llevará a ningún lado. Tenemos que decidir qué queremos, aunque duela. Sus palabras crearon un silencio pesado, lleno de promesas y miedos. Carl tomó la mano de Laura con suavidad. —Si sigues con esto, Laura —dijo con voz quebrada—, nos vamos a separar. De verdad. Ella sintió el golpe de sus palabras como una sentencia. —¿Eso es una amenaza o una advertencia? —preguntó, intentando mantener la calma. —Es una realidad. No puedo vivir en este limbo para siempre. --- Después de la reunión, Laura volvió a su apartamento con la cabeza llena de pensamientos. ¿Podía dejar ir a Carl? ¿Podía realmente vivir sin él? La noche llegó y con ella la incertidumbre. Se sentó frente a la ventana, mirando las luces de la ciudad que seguían brillando indiferentes. Sabía que debía tomar una decisión, que el tiempo para las dudas se estaba acabando. El amor, por más intenso que fuera, exigía valentía. Y ella no estaba segura de tenerla.
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