CAPÍTULO 1 (Segunda Parte)

4829 Words
Sería pasada la media noche, cuando Amelia, armada con el más ostentoso vestido que poseía salió de la casa que había sido suya durante veinte años, y caminó rumbo al convento para encontrarse con Nicolás. Pese a toda su determinación y absoluta certeza, Amelia no pudo dejar de sentir un terrible miedo que le atizaba los huesos. ¿Qué pasaría si su padre los descubría? ¿Celia se habría encargado de esconder la escopeta de su padre? ¿El plan saldría conforme a lo establecido? Todo era incierto y ambos lo sabían, a ella solo la mantenía en pie y caminando erguida sin mirar atrás el certero amor de Nicolás y la promesa eterna de ser la señora Rodríguez, a él, la necesidad de no dejar escapar al único y más grande amor de su vida. Amelia y Nicolás se encontraron en el convento de San Juan Bautista, se tomaron de las manos y después de haber repasado varias veces sus dramáticos diálogos de la noche, tocaron con apremio el portón del convento sin ninguna respuesta. Insistieron dos veces más, sin replica a sus tintineos, hasta que pasados diez minutos la puerta se entreabrió rechinando a causa de la vieja madera. El padre Onésimo Hernández salió de entre las sombras cargando entre las manos un candelabro que iluminaba un poco la entrada de la imponente iglesia; asustado y sorprendido por la presencia de aquellos jóvenes, los invitó a entrar de inmediato en dirección al atrio de la parroquia. Tras desvelarle solo una pequeña parte del esquema que habían trazado, el asombro del sacerdote no cesó, sino que por el contrario fue en aumento y un poco más, cuando Nicolás soltó toda la verdad como si de un vómito verbal se tratará: —Señor cura, hemos venido aquí de manera libre, espontánea e informada, para contraer matrimonio. —El cura los miró con los ojos desorbitados. —Y no solo porque nos amamos con una intensidad infinita, sino porque, derivado de nuestro gran amor y del lecho que hemos compartido en varias ocasiones, es que un bebé crece en el vientre de Amelia. —La vista del párroco se nubló, y sintió irse de bruces cuando Nicolás lanzó aquella bomba, pero éste, sin amilanarse prosiguió aparentando estar apesumbrado. —Así que, yo creo, padre, que lo más conveniente en este caso es que, usted, qué es la máxima autoridad espiritual en este lugar —El joven levantó el dedo índice para puntualizar y darle mayor empuje a sus palabras—, y un intercesor directo ante Dios, bendiga nuestro matrimonio. «No creo que deban ser puestos en tela de juicio el honor y la integridad de mi mujer —añadió Nicolás en tono muy serio y con una ligera sonrisa en los labios—. O que nuestro futuro hijo venga a este mundo siendo señalado por haber nacido fuera de un matrimonio bendecido por Dios. El cura no podía creer lo que estaba oyendo, mucho menos asimilar el hecho de que la hija de don Rigoberto Sánchez Aldama hubiese sido capaz de entregar su virtud a un hombre sin estar casada. Y peor aún, que, como producto de esta relación pecaminosa, se encontrara embarazada, así que, incauto como era y con un corazón lleno de pura bondad, aceptó casarlos sin correr las amonestaciones pertinentes. La ceremonia dio inicio de un modo sencillo: sin invitados, ni testigos; sin nadie que pudiera impedir que la unión de aquellos enamorados se realizara, mientras Amelia escuchaba a los lejos cada palabra salmodiada por el párroco, y flotaba en una nube de algodón mirando a los ojos de Nicolás. Al contrario de otros tiempos, la joven sintió los minutos pasar lento, de una forma casi imperceptible; sonriendo como si su vida dependiera de ello y, sosteniendo con fuerza la mano de su amado, a sabiendas que, se encontraba a solo unos minutos de ser la esposa de Nicolás, y derivado de ello, a solo unos instantes de iniciar una nueva vida. Durante una decena de minutos, todo transcurrió en calma. El uno al otro se dijeron algunas palabras solemnes que iban al caso con la ceremonia, y después de unos minutos el padre selló aquella unión con unas palabras mágicas que los elevaron hasta el cielo: —Los declaro marido y mujer, hasta que la muerte los separe. »Que lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Dicho esto, dibujo una cruz sobre sus cabezas en señal de aprobación de la iglesia y la recién formada pareja de esposos salió del convento hacia la posada de doña Estela Domínguez, ahí recogerían las pocas pertenencias de Nicolás y emprenderían la huida hacía su felicidad. Cuando por fin llegaron a la posada, Nicolás y Amelia subieron los cuatro pisos de aquel edificio —Setenta y tres escalones y cuatro rellanos contados por la joven, para tratar de pensar en otra cosa que no fuera Nicolás—, se pararon frente a una rústica puerta que servía de entrada al modesto cuarto de azotea que habitaba su ahora esposo y Nicolás la aupó entre sus brazos, pidiéndole a ella que hiciera lo mismo, rodeándolo por el cuello. En cuanto Nicolás verificó con sus propios ojos que ella había hecho lo que él le pidió, descubrió el cerrojo de la puerta de aquel cuarto y cruzó el umbral con su esposa en brazos. Por la hora, el ambiente en aquel espacio de escasos ocho metros cuadrados era frío, carente de algún rastro de calidez, pero, aunque les parecía extraño, unos segundos después, entre ellos se encendió una inconfundible llama que los hizo sentir una confortabilidad inigualable. Una sensación extraña nació en el vientre de Amelia, creciendo junto con la necesidad sofocante de ser apagada de un modo u otro. Ella había oído incontables veces de labios de su nana Celia que cuando se amaba demasiado a un hombre se sentía un fuego en el interior que amenazaba con quemarte viva, pero también recordaba haberla oído decir que aquel fuego no era sino la antesala para entregarse por completo a aquella pasión. Siempre que Amelia la escuchaba, fingía entenderla. Asentía como la más correcta de las estudiantes, y trataba de almacenar en su cabeza la información que le daba aquella mujer; pero lo cierto era que, en ese preciso momento, todas las anécdotas y los someros consejos amorosos de Celia se iban juntitos al traste. Siendo sostenida entre los brazos de su gran amor sentía que ninguna de las palabras de su nana describía con justicia lo que estaba sintiendo por Nicolás; sentía que no se acercaban en lo más mínimo a lo que le pasaba en ese instante. Algunas partes eran ciertas, claro; como por ejemplo todo aquello que se refería al calor que amenazaba con quemarla hasta morir, y a pesar de ello, algo en su interior le decía que no moriría, sino que, por el contrario, se sentiría viva por primera vez en su vida. Nicolás vibró por primera vez ante el contacto de una mujer. Y no porque a sus veinticuatro años no hubiera tenido encuentros sexuales con alguna, ¡que varios había tenido!, sino porque Amelia era la única mujer que tenía el poder de hacer que su respiración se detuviera por varios segundos con un solo roce de su piel. ¿Cómo sería hacerle el amor? ¿Cuál sería la sensación al estar dentro ella? ¿Su piel sería tan suave como tantas veces imaginaba?... ¿Su cuerpo sería tanto o más bello que lo que mostraba cuando vestía esos pomposos vestidos? Abstraído dentro de sus pensamientos, y en los cientos de dudas que Amelia despertaba en él, Nicolás no reconoció el momento exacto en que ella por fin dejó atrás todos sus temores y lo besó el cuello, haciéndolo gemir ante el incipiente despertar s****l de su esposa. Nicolás quiso morir cuando notó que las piernas le fallaban, y que a ratos cortos el aire contenido en los pulmones se le iba, presa de la excitación. Abrumado por la profundidad de sus sensaciones, sintió desvanecerse cuando Amelia subió sus manos por el cuello y lo acarició con mimo, justo en el nacimiento de su negra cabellera. Sabiendo de más que aquellas expresiones de afecto se salían del plan, maldijo para sus adentros y de inmediato se culpó por esa situación. Ellos debían estar lejos para desposarse en total libertad. ¿Cómo podría ser él tan ruin, tan canalla como para tomarla en aquel espantoso lugar? Amelia, su Amelia, se merecía lo mejor: un lugar hermoso en el cual hacerla suya, un lecho de flores que combinara con su piel y su belleza; un millar de besos de amor que engarzaran con su dulzura y cientos de caricias que la colmaran de felicidad. No; no lo haría. Aunque perdiera la cordura en el camino, mandaría al baúl más lejano sus deseos; sus ansias de poseerla, y en el momento indicado le regalaría una noche de amor perfecta. Enfadado consigo mismo, Nicolás optó por bajar a Amelia de sus brazos para así poder frenar el roce que estaban teniendo sus cuerpos. Necesitaba pensar con claridad. —Cosa que a esas alturas de la batalla ya resultaba bastante inútil, pues hacia un rato que ella estaba decidida a entregarse a él en aquel lugar. Posándola sobre el suelo, el joven miró con disimulo como ella se desataba la capa que hacía juego con su vestido, para luego lanzarla a un pequeño sofá que estaba junto a la cama y, apartando la mirada de tajo y cuajo, se sintió apenado por no ser capaz de frenar sus propios instintos. El pecho de Nicolás subió y bajó con respiración dificultosa; el color en su rostro se desvaneció a la par misma que las ganas de tenerla se intensificaron, y él talante que fingía tener frente a ella se le escapó por alguna g****a de aquel cuarto de azotea. Amelia, en cambio, lo miraba directo a los ojos, admirándolo como una llama que se alimentaba del fuego; sonriéndole de modo amplio imaginando lo que sería capaz de hacer y, mientras lo hacía y sus ganas de disfrutar de aquella llama se volvían incontrolables, sus mejillas se tiñeron poco a poco de un rubor que antes pasaba inadvertido. La señora Rodríguez se sentía feliz. Cuando el chico por fin logró restablecerse, expiro todo el aire acumulado en sus pulmones y miró con sigilo a Amelia. Con una dulzura extrema y una voz titubeante tomó su mano derecha y mostrándole con la mano libre el derredor del cuarto soltó: —Bienvenida a casa, mi amor. Ella sonrió con amplitud y arrugó de modo gracioso la nariz, mientras él proseguía: —Te amo, Amelia —resopló con profundidad—…, te amo y prometo por lo más sagrado que tengo que te daré lo mejor; incluso mi vida si es necesario. Amelia pestañeo un poco y no entendió el sentido de sus palabras ¡Por qué aquel muchacho atolondrado empezaba a hablar ahora de la muerte! ¿Porque lo hacía si sabía de más que apenas estaban comenzando su vida juntos? Con premura le cubrió la boca con sus manos y negó con la cabeza para segundos después secundar a Nicolás: —Yo también te amo, Nicolás Rodríguez. »¡Te amo, y no permito que hables de la muerte! No lo consiento porque sé que nuestro amor no conoce de la muerte, ni del fin. Nuestro amor es para siempre, mi amor…, por siempre y para siempre, ¿has entendido? Nicolás asintió y le dio un beso en la frente, mientras ella lo rodeaba por la cintura y pegada a su pecho exclamaba: —Soy feliz, ¿sabes? Soy tan feliz a tu lado que, siento que nada lo puede estropear, Nicolás. —Yo también soy muy feliz, Amelia, Dios sabe que soy tan feliz que a veces dudo que esto sea real… —¡Es real! —respondió ella incorporándose de su pecho para mirarlo directo a los ojos—. Mírame —añadió tomando sus mejillas entre las manos para obligarlo a mirarla—, tócame —apostilló, guiando una mano de Nicolás hacia la curva de su cintura—, siénteme —dijo lanzándose a los labios de Nicolás—…, siénteme, mi vida, y hazme tu mujer, porque yo te estoy mirando, te estoy tocando y te estoy sintiendo en este preciso momento. »Hazme el amor Nicolás Rodríguez. Sentenció la chica y, tras aquellas palabras, ambos cayeron en la cuenta de que entre ellos ya no cabían más las distancias. Que el pudor había desaparecido por completo de sus cabezas y que lo que más deseaban en ese instante era que desapareciera de sus cuerpos. Conmovido por su entrega, por sus palabras y por el modo en que lo miraba, Nicolás no pudo luchar más contra sí mismo y volvió a tomarla entre sus brazos, pero esta vez para posarla sobre la cama y darle un beso sobre los labios. Afanoso, repartió más besos en su frente; en los ojos, en las mejillas y finalmente tomo sus labios con pasión, con deseo, con todo el amor del mundo cargado en aquel par de ojos de color obsidiana. Comenzó un recorrido sagrado de caricias hacia ese cuerpo hermoso que yacía sobre su cama y que desde ese día y en adelante le pertenecería. A pesar de todas las divinas sensaciones despertadas en él, Nicolás suplicó a su cuerpo que parara. Le imploró a la razón y a su sentido común que volvieran y le regresaran el sosiego que había extraviado en alguna parte del trayecto; pero era indiscutible que ese par de trúhanes ya estaban bastante lejos de Coyoacán, y que se negarían a toda costa a volver a aquel cuarto de azotea. Desde un lugar que resultaba ser el más privilegiado, Nicolás observó a Amelia decidida, en su totalidad, y notó como ella empezaba a desatar los cordeles que adornaban su vestido; decidida a entregarse, pero, sintiendo la cortesía hormiguear en las puntas de sus dedos, cubrió las manos de la joven con las suyas y la hizo cejar en su avance: —No, mi amor, es a mí a quién pertenece el placer de desnudarte y hacerte mía. Solo a mí. La joven asintió y se dejó hacer, mientras Nicolás reemplazaba la mano de Amelia por la suya y luchaba contra aquel vestido de las narices. Con torpeza, y como si de un debutante se tratara, deshizo los amarres del lujoso vestido y por momentos lo odió, pues aquella prenda de encajes finos y telas rimbombantes era un intruso entre sus cuerpos. Cuando lo hubo desatado del todo lo dejó sobre el sofá y se enjugó unas gotas de sudor que perlaban su frente; aquella avanzada había supuesto un gran desafío para él. Con pasos lentos y decididos camino de vuelta hacia la cama y su cara se convirtió en un poema de la mismísima Sor Juana Inés de la Cruz[1] cuando miró por primera vez el corsé que ella llevaba debajo del vestido. Levantando los hombros con resignación, el chico bufó al saber que una nueva lucha lo aguardaba, y emprendió un nuevo combate contra aquel artilugio extraño que le vedaba del contacto con su amada. Con ese fino enemigo de seda que mermaba su escasa paciencia, pero para su propio asombro, esta vez descubrió que podía quitarle el corsé con más destreza; ganándose por su vehemente entrega una postal de ensueño que le regalaron los pechos de su mujer, alzándose ante sus ojos. De inmediato, Nicolás se desabotono su sencilla camisa de algodón y ofreció a Amelia un espectáculo digno de cualquier obra montada en el Palacio de Bellas Artes[2]. Las esmeraldas fulgurantes que la chica tenía por ojos brillaron en todo su esplendor, y escrutaron con curiosidad el torso perfecto de Nicolás; deseándolo con frenesí. Confiando en la buena percha que poseía, el chico avanzó un poco más hacia la cama, y ella alargó una de sus manos para delinear con suma paciencia sus abdominales marcados, provocando con ese delicado gesto que de la boca del joven saliera un débil jadeo al sentir los cálidos dedos de Amelia sobre su cuerpo. Amelia siguió tocándolo hasta llegar a esa pequeña línea de vello que cubría su pecho y que bajaba hasta una zona que desconocía, pero que estaba segura le encantaría y, con la cara encendida por los rubores, detuvo su mano justo sobre el borde de los pantalones de su marido. Nicolás se reclinó sobre ella y la besó de nueva cuenta, deslizando el corsé del cuerpo de su mujer para lanzarlo hacia el sillón, acto seguido junto sus dedos medio e índice y los hizo resbalar por su cuello hasta tocar al borde de sus senos; extendiendo un poco más sus manos, los tomó entre sus dedos, primero uno, luego el otro, y respiró con pesadez. Ella extendió sus brazos alrededor de su cuello, para tirar de él y lo acunó con su cuerpo. El ambiente en aquel cuarto de azotea se calentó a un ritmo atronador. El aire se componía de una exótica mezcla de lavanda, flores y sándalo; de un poderoso almizcle de pasión y deseo. De un inconfundible perfume, producto del amor que amalgamaban Amelia y Nicolás. El joven cartero se recostó a lado de Amelia y siguió acariciando su cuerpo sin apartar la vista de ella, la contempló y sonrió como nunca lo había hecho, amando el hecho de tenerla ahí, justo a su lado. Cuando ella logró apartar sus ojos de los de Nicolás se dio cuenta de que él estaba tan desnudo como ella y admiró el perfecto garbo que poseía su hombre. Nicolás se arrodilló sobre la cama y besó sus pechos, los lamió y luego los metió a su boca; tenía hambre y una gran necesidad de sentirla, una inexplicable inquietud que lo emocionaba y lo instaba a meterse debajo de su piel. Instantes después siguió más abajo y beso su vientre, su ombligo, sus piernas y pantorrillas, recorrió el arco de sus pies con los dientes y la tentó enseñándole su esculpido cuerpo. Reptó hasta encontrar su oído y expiró un gran soplo de aire, esperando recomponerse; Amelia gimió de un modo más profundo. La humedad y la calidez del aliento de Nicolás la volvían loca; sus dientes rozándola con lujuria la desenfrenaban y la hacían desear tener más. Nicolás apartó su rizado cabello a un lado y trazó el arco de su cuello con la lengua para luego hacerlo con los dientes; la sintió jadear y sonrió satisfecho. Nunca había tomado a una mujer con tanta delicadeza. Nunca se había demorado tanto a la hora de poseer a alguien, nunca se había molestado en preocuparse por el goce de alguien más. Sin embargo, ahora todo se sentía distinto. Todo a su alrededor estaba cambiando y ello solo obedecía al hecho de tener a su mujer cerca, tan perturbadoramente cerca como para deschavetarlo por completo. El incomparable placer que le proporcionaba Amelia era como el suyo mismo, era una incomprensible necesidad de querer que aquello no se acabara nunca; era esa irrefrenable ambición de preferir el placer de su amante por encima del suyo. Colocando sus manos sobre sus caderas desnudas la giró para mirarla frente a frente, y ella se sonrojó al sentir una turgente parte de su anatomía chocar contra su estómago, Nicolás la besó más —si acaso se podía— y recitó unas cálidas palabras que la encendieron por completo: —Quiero recorrer cada milímetro de tu cuerpo, Amelia —Ella asintió y se cubrió la cara con las manos—, quiero memorizarte toda —adicionó y la chica dejó escapar una sonrisa nerviosa, mientras su esposo le retiraba las manos de la cara y la obligaba a mirarlo—. Quiero tener la certeza de que, si mañana muero, llevaré tu imagen en mi mente, grabada fuego…, por siempre. —Yo no quiero grabarme tu imagen, señor Rodríguez —dijo ella difiriendo de él. —¿Ah, no? —reparó el con tono guasón y ella se desternilló sobre la cama, mientras negaba con la cabeza. —No, mi amor. No quiero hacerlo hoy porque te tendré para siempre; tengo toda la vida para saciarme de ti. Sin más preámbulos, Nicolás la beso de nuevo en los labios de una forma desconocida y apasionada. Se deleitó con aquel arcón de sensaciones que los hacían sentirse únicos, y dio un breve viaje hacía el centro sus piernas para verificar que ella estuviera lista para recibirle. Entonces, con los ojos nublados de pasión, Nicolás recito con una voz tan suave como la seda y tan dulce como la miel, algo que ella jamás había escuchado y que en aquel momento no comprendió, pero que tal vez dentro de un siglo o poco más, tendría algo de sentido: —Y si tú supieras… Amelia se estremeció de los pies a la cabeza. Quedándose sin voz, el joven tuvo que callar por un momento, pero luego de recuperar el aire, completó la frase que segundos atrás había iniciado: —…cuanto te amo Amelia. Posicionándose entre las piernas de su amada, fue entrando poco a poco en ella. Una ráfaga intempestiva de dolor embargó a la joven, obligándola a cerrar los ojos, mientras un exorbitante placer comenzaba a concentrarse en su vientre y Nicolás detenía su avance. Así permanecieron unos breves segundos, hasta que él estuvo seguro de que no podía postergar más aquel crudo momento; con la mano derecha viró la cabeza de su esposa y la obligó a abrir los ojos, unió su nariz a la de ella y musitando muy bajo le propuso: —Ahora, Amelia, necesito que me mires —la joven asintió y se sujetó lo más fuerte que pudo a su espalda—… necesito que me mires y no dejes de hacerlo. Impaciente, la joven enterró las uñas en la espalda de Nicolás y éste chilló cuando le dolió en demasía. —¿Todavía va a doler más? —preguntó ella, ahora un poco asustada. Nicolás negó con la cabeza y balanceo su nariz contra la de ella, luego resopló dentro de su boca, y soltó: —No, mi amor, te prometo que no dolerá… más. «Pero necesito que me mires, ¿entendido? —Entendido, Nicolás Rodríguez —suspiró ella muy bajo, y le mordió el labio inferior, mientras él respingaba y se hundía un poco más en su interior—… por tu propio bien, espero que así sea. Él asintió y unió su boca a la suya, mientras la penetraba hasta el fondo y Amelia ahogaba con un profundo beso el malestar que estaba sintiendo tras perder su virgo. Una lágrima surcó su mejilla derecha en el momento mismo que se unían por completo, y él la sorbió con sus labios para luego apoyar sus brazos extendidos a cada lado de sus hombros y esperar a que el dolor remitiera un poco. Durante unos momentos él se mantuvo inmóvil, tenía que aguardar el tiempo suficiente para que ella se acostumbrara a aquella invasión, le sabía muy mal que estuviera doliéndole tanto: —¿Eso ha sido todo, Nicolás? Preguntó Amelia y el chico negó con la cabeza, pero siguió sin moverse: —No, corazón, eso no ha sido sino el principio —Amelia le acarició la mejilla y se acercó más a él, mientras el completaba—, pero necesito estar seguro de que el dolor ha disminuido —ella sonrió. Sólo unos segundos después, ella fue quién empujo sus caderas contra él y le rogó que continuara: —Entonces hazlo, mi vida, porque ya no me duele nada… —¿Estás segura? —preguntó él enarcando una ceja. —Sí —exclamó ella peinándole el cabello humedecido—, tan segura como lo estoy de que el cielo es azul y de que te amo más que a nada en el mundo. »Quiero saber que hay después, Nicolás, ¿puedes mostrármelo? —Sí que puedo, Amelia. Zanjó él con seguridad besándola en los labios, y comenzó a moverse en su interior. Con embestidas lentas la hizo encorvarse de placer, mientras Amelia apretaba sus piernas contra las caderas de Nicolás y se arqueaba para recibirlo. Los embates subieron de intensidad y se hicieron cada vez más fuertes y armonizados. Habían encontrado una sincronía perfecta. El joven aceleró el ritmo de las penetraciones con golpes rotundos de cadera que lograron enloquecer a Amelia. El sudor empapo sus cuerpos y todas las terminaciones nerviosas de su piel reaccionaron la una contra la otra, se frotaron y siguieron acariciándose; se besaron y juntaron sus frentes buscando más cercanía. Nicolás nunca dejó de mirarla, mientras a un ritmo frenético se hundía una y otra vez en ella y jadeaba al sentir las uñas de su chica impactar en su trasero. Bañados en sudor, y a punto de alcanzar la cumbre más alta del mundo, Amelia apretó con más ahínco sus piernas a las caderas de Nicolás y él se abalanzó contra su cuello; con solo unas embestidas más, ella gritó con el más puro de los placeres y se tensó por completo al sentir que su cuerpo se contraía abrazando la pungente virilidad de su marido. Instantes después él también se abandonó a su propio placer vaciándose su interior, y la acompañó a un sitio lejano y perfecto donde permanecieron durante un buen rato. Amelia descubrió para su propio bien que aquello había sido maravilloso. Se sintió completa al tener a aquel hombre tumbado sobre ella, totalmente satisfecho y enamorado; entregado en cuerpo y alma a ella. Complacida comprobó su teoría inicial y se alegró al percatarse de que no había muerto consumida por el fuego, sino que, por el contrario, tal y como vaticinó desde el principio, entre los brazos de Nicolás, y sintiéndolo dentro, se había sentido viva por primera vez. Tan viva que ahora el aire le parecía diferente; tan viva que notaba que a cada instante su gran amor se volvía más guapo, más perfecto, así que, sin poder evitarlo soltó una gran carcajada y se admitió como una tonta. Se sentía la mujer más feliz del mundo; ya era la mujer de Nicolás Rodríguez. Nicolás, por su parte, no podía dejar de mirarla a los ojos. No quería perder ningún detalle de su rostro; solo quería observarla una y otra vez para recordar a cada instante la expresión de su rostro tras alcanzar el orgasmo junto a él. Recostado sobre aquella cama, se sentía el ser más extraño del mundo; se sentía indefenso ante ella, desarmado por su inocencia y embrujado por la sensualidad que guardaba a piedra y lodo. ¿Podía un adonis como él sentirse desarmado ante esa pequeña mujer que aún yacía debajo suyo?, se preguntaba el joven, respondiéndose a sí mismo con un rotundo sí. Sabía que en efecto estaba indefenso y desarmado por el poder del amor que sentían. Sabía que entre ellos ya no existían máscaras ni secretos, que se pertenecían el uno al otro y que todas las apariencias que guardaban frente a los demás se habían quedado apiladas junto a la ropa en aquel viejo sofá. ¿Estaría ella mirándolo con la misma cara de adoración?, ¿o acaso su cara se parecía más a la de un tonto?, siguió preguntándose confuso, achino los ojos y al igual que Amelia, también se echó a reír como un niño pequeño, mientras ella lo miraba con el ceño fruncido y segundos después reían a la par, haciéndose cosquillas el uno al otro. No pasó mucho tiempo luego de su encuentro, cuando la joven reaccionó y cayó en la cuenta de que tenían que irse para continuar con su plan. Ya no podían permitirse más desvíos. Amelia habría querido permanecer abrazada a él toda la noche, habría querido amanecer entre los brazos de su marido, pero sabía a la perfección que su caso era como poco: complicado, y que debían ceñirse a lo establecido desde un principio. Todavía acurrucada en el pecho de Nicolás, la chica lo observó dormir y luego desperezarse cuando lo sacudió para que abriera sus magníficos ojos. Renuente, el chico se revolvió un poco bajo las sábanas y luego de confirmar la hora y darse cuenta de que les quedaban escasos cuarenta minutos para llegar a la terminal de autobuses, se incorporó del todo y a toda prisa se vistieron, prepararon sus pocas pertenencias y huyeron antes de que el alba los alcanzara. [1] Religiosa de la Orden de San Jerónimo y escritora novohispana, exponente del Siglo de Oro de la literatura en español. Recibió el sobrenombre de «La Décima Musa». [2] Es la casa máxima de la expresión de la cultura mexicana, dedicado a todas las manifestaciones de las bellas artes, inaugurado el 29 de septiembre de 1934.
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