—¿A qué hora habló? —pregunté, sabiendo que cualquier cosa que ella fuera a decir, sería una coartada hermética… y la verdad también. —La sesión de la mañana comenzó puntualmente a las nueve. Tal vez tenía trescientas o cuatrocientas personas en ese lugar para escucharme. La segunda fue a las tres de la tarde. Solo había cincuenta o más allí. —¿Qué hizo entre esos tiempos? —Frank preguntó, escribiendo notas en el bloc de notas antes de mirarla. —Almorcé con varios viejos amigos del área de St. Louis alrededor del mediodía, y luego en uno hubo una conferencia a la quería asistir… ¡Dios mío! ¡Cree que maté a Bruce, verdad, y sucedió el lunes! Más lágrimas. Más sollozos. Pensé que ella misma iba a llorar de la silla al suelo. Frank y yo mantuvimos la boca cerrada y cuando finalmente se co

