Miré el reloj, pronto llegará Verónica a La Dorada, si supiera en el lodo en que estoy y el problema era que no puedo culpar a nadie más que a mí mismo por no tener paciencia. Aparqué en la iglesia a donde ahora asisto y costeo la remodelación. El padre Gabriel como el Arcángel, según él me dijo y después de lo que viví no puedo pasar por alto las coincidencias. Era un señor en la mitad de sus cincuenta años y me inspiró la confianza del anciano que me acompañó en esos días de dolor en la clínica. No era hora de escuchar la misa, le di la razón a Verónica cuando me dijo; a veces solo en el templo puedes limpiarte, la piel se me puso de gallina, al sentarme, sentí el alma. Lloré, bueno volví a gemir igual que aquella noche al ofrendar lo que más deseaba en el mundo, lo único puro en la

