Se cruzó de brazos, a mi vieja no podía gritarle como lo hacía con otras personas. —Según el señor Dios. —¡No metas a Dios en esto! —me regañó, aún no sé cómo la gente tiene tanta fe en él. Aunque fui partícipe de un milagro después de realizar la promesa. Además, se lo que sentí, eso no puedo negarlo—. El culpable de lo que te pasa eres tú. A él déjalo a un lado —me miraba y recriminaba, como supongo deben hacer las madres—. ¡Y asume tus decisiones, jovencito! Si tanto la amas ¿por qué la dejaste ir? Porque no le dijiste que esa arpía vino a decirte que no le importaba que tuvieras novia, la muy ofrecida se te puso en bandeja de plata para ser tu amante. ¿Qué mujer digna y respetable se rebaja de esa forma? —sus manos bailaban de un lado al otro. Su tez morena brillaba más por el enojo

