«Bien… ¿está despierta?»
«Creo que sí.»
«Bien. Eso facilita las cosas.»
Myra entrecerró los ojos al oír las voces. La visión todavía le resultaba borrosa y pesada de sueño. Todo se sentía lejano, como si la arrastraran de vuelta a su cuerpo contra su voluntad. Poco a poco las formas empezaron a dibujarse frente a ella, aunque apenas distinguía los rostros.
«Qué bien que estés despierta», dijo uno de ellos. «El Beta nos envió a buscarte.»
«¿Eh…?» El sonido le salió débil de los labios. Su mente luchaba por ponerse al día con lo que ocurría.
No entendió nada hasta que la levantaron del suelo y la arrastraron fuera.
En el momento en que la luz del sol le dio en la cara, se quedó paralizada.
Durante un segundo no pudo respirar.
Luego el pecho se le apretó mientras la emoción la invadía. Los campos abiertos se extendían sin fin delante, el aire fresco le rozaba la piel y algo profundo en su interior se agitó con violencia.
Su loba.
Inquieta. Hambrienta. Desesperada por correr.
«El Alfa quería que te quedaras en la mazmorra», continuó uno de ellos mientras caminaban, «pero la señorita Lyka intercedió por ti.»
Hubo una pausa, y luego:
«Incluso te han devuelto tu antigua habitación en la casa del Alfa. Deberías estar agradecida.»
«Agradecida.» La palabra resonó con amargura en su mente.
Lyka.
Lyka.
Lyka.
Estaba tan harta de oír ese nombre.
«Sé agradecida con Lyka.»
«Aprecia a Lyka.»
«Dale las gracias a Lyka.»
Para cuando llegaron a la casa de la manada, la expresión de Myra se había quedado completamente en blanco.
En la entrada estaba el Alfa Ryan, su padre, esperándola.
Su mirada se posó en ella, llena no de preocupación, sino de desdén frío.
«Así que por fin estás aquí», dijo.
Myra no respondió.
«Pero antes de que vuelvas a entrar en mi casa», continuó, con la voz cortante y controlada, «hay algunas cosas que debes entender si quieres evitar problemas innecesarios.»
El silencio se instaló entre ellos.
«Primero, obedecerás a tu tía Daria en todo.»
Una risa quieta y sin humor escapó de los labios de Myra.
«¿Te refieres a tu amante? ¿A tu puta?» preguntó, con la voz ronca pero firme. «Porque no recuerdo que mi madre tuviera una hermana así.»
La bofetada llegó al instante.
La cabeza se le fue hacia un lado. El escozor se extendió por la mejilla mientras luchaba por mantener el equilibrio.
«Cuida tu boca», dijo Ryan con frialdad.
Myra bajó la mirada ligeramente, pero no había sumisión en su expresión.
«A partir de ahora permanecerás en tu habitación hasta después de la boda», continuó. «No saldrás por ningún motivo.»
Una breve pausa.
«Después de la boda se celebrará un juicio para determinar tu castigo.»
Los dedos de Myra se cerraron débilmente a los lados.
«Y si intentas abandonar la manada», añadió, con la voz volviéndose más oscura, «te matarán en el acto.»
Ella levantó la cabeza entonces y sostuvo su mirada por completo.
«¿Matarías a tu propia hija?» preguntó en voz baja.
Ryan no dudó.
«Es mejor que tener mi sangre unida a una criminal.»
Las palabras se asentaron pesadamente en el aire.
Sin mirarla de nuevo, se dio la vuelta y se alejó.
Myra se quedó allí un momento, inmóvil, antes de pasar por fin junto a los guardias y entrar en la casa.
En el instante en que abrió la puerta de su habitación, todo la golpeó de una vez.
Era la misma.
El mismo aroma. El mismo espacio. El mismo silencio.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si no se hubiera destruido todo.
Entró despacio. Los dedos rozaron las superficies familiares, y entonces algo en su interior cedió por fin.
Myra se desplomó sobre la cama, aferrándose a las sábanas mientras las lágrimas que había contenido se desbordaban. El cuerpo le temblaba con sollozos silenciosos. El peso de todo se le vino encima de golpe.
No sabía cuánto tiempo se quedó así.
El tiempo se difuminó.
Al final se obligó a levantarse y se dirigió al baño. Abrió el agua y entró sin dudar. Se frotó la piel con fuerza, una y otra vez, como si pudiera lavar la suciedad, la celda, la humillación, todo lo que le habían impuesto.
No sirvió.
Nunca serviría.
Cuando terminó, agotada y vacía, volvió a su habitación y se dejó caer en la cama. El sueño la reclamó casi al instante.
Un golpe seco en la puerta la sacó de su sueño agotado.