Sofía Thorner, en ese entonces una joven que aún no había sentido el llamado de la vida religiosa, decidió por una vez escuchar a su corazón. Joaquín Palacios, un hombre de mirada intensa y porte sereno, había entrado en su vida de manera inesperada. Era unos años mayor que ella, alguien que conocía el mundo y sus desafíos, pero también alguien que la trataba con una ternura que ella jamás había experimentado. Sofía, acostumbrada a ser la hermana mayor protectora, a cargar con las responsabilidades del pequeño Arthur y a mantener la fortaleza frente a las adversidades, comenzó a permitirse soñar con algo distinto: una vida propia. —Joaquín, no sé si entiendes lo que estoy diciendo…—le dijo una tarde mientras caminaban por un parque. Ella sostenía una flor silvestre en las manos, la mi

