Mr. Thorner se giró, descubriendo a Marieth, quien estaba junto a él en la cama con una sonrisa ambigua en los labios. ―¿Marieth? ―dijo, entre desconcertado e indignado―. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? Ella lo miró, sin alterarse demasiado, como si no comprendiera el problema. ―Arthur, solo pensé que podrías necesitar compañía… sabes que yo… Arthur, ya completamente despierto y con el enfado recorriéndole el rostro, se puso de pie y señaló la puerta con gesto firme. ―Esto es inaceptable. Sal de mi habitación ahora mismo. Si mi hermana Caridad llega a verte aquí, nos dará sermones de moralidad de aquí a la eternidad ―advirtió con tono severo―. No estoy dispuesto a tener ese tipo de problema. Y, además, no quiero este tipo de confianzas, ¿entendido? Marieth intentó suavizar la

