Sor Caridad se encontraba en el centro de la sala de estar, de pie con su postura impecable y las manos cruzadas al frente. Su expresión era tan solemne como siempre, pero había un atisbo de determinación en su mirada que hacía que todos, incluso Asher, quien generalmente se mostraba indiferente, mantuvieran silencio. Arthur estaba sentado en su sillón habitual, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas, observándola con atención. Samantha estaba a su lado, abrazando un cojín, mientras que Juliette y Saúl estaban de pie al fondo, intercambiando miradas de curiosidad e incomodidad. —Bueno, quiero agradecerles por estos días en los que me han permitido estar aquí con ustedes —comenzó Sor Caridad, con esa voz firme que parecía capaz de atravesar cualquier muro—. Ha

