Juliette Blake se encontraba en la cuerda floja, la ansiedad le estaba apretando su pecho como un nudo imposible de deshacer. No había pasado ni un día completo en su nuevo trabajo y ya había golpeado a su jefe, un hecho que parecía irreal y, al mismo tiempo, aterradoramente cierto. Aquel instante había sido un torbellino de emociones, una mezcla de nerviosismo sumado a la impertinencia de los niños que había sido incapaz de manejar. Ahora, mientras se alejaba de la sala de juegos, podía sentir la mirada de todos sobre ella, como si el escándalo estuviera escrito en su frente. «No puedo dejar que esto termine así», pensó, recordando las palabras de su madre, que siempre le había dicho que una buena niñera debía tener paciencia y control. En su mente resonaban sus propias adverten

