Juliette sintió que ya no podía soportar más la situación. El hacendado Urquiola no dejaba de mirarla con ojos pervertidos, como si cada movimiento que hacía fuera un espectáculo especialmente para él. Arthur, por otro lado, le lanzaba miradas de puro odio, como si ella fuera la responsable de toda esta incomodidad. «Esto tiene que terminar ahora mismo», pensó Juliette, mientras intentaba mantenerse tranquila y preparar la cena. La cena era un pavo asado que había preparado con todo su esmero. Había untado el ave con una mezcla de mantequilla, ajo, hierbas frescas como tomillo y romero, y un toque de miel para caramelizar la piel. Lo había horneado lentamente, rociándolo con su propio jugo cada media hora para asegurarse de que quedara jugoso por dentro y crujiente por fuera.

