La madre superiora caminó lentamente por el pasillo del convento, deteniéndose frente a la puerta cerrada de Sor Caridad. Tocó suavemente, pero con firmeza. —Sor Caridad, soy yo. ¿Puedo pasar? No hubo respuesta al principio, solo un silencio pesado. Luego, una voz apagada se oyó desde dentro. —Entre si quiere, madre. La madre superiora empujó la puerta y encontró a Sor Caridad sentada junto a la ventana, mirando al jardín con los ojos hinchados. Sus manos jugaban nerviosamente con un rosario. —Tres días encerrada en esta habitación —dijo la madre superiora mientras se sentaba en la única silla disponible—. Eso no es bueno ni para el alma ni para el cuerpo. —No tengo ánimos de salir, madre —contestó Sor Caridad sin mirarla. La madre superiora la observó con calma, dejando que el sile

