Capítulo 3

1261 Words
No la reconoce de inmediato. Eso lo desconcierta. El supermercado no tiene nada de especial: luces blancas, pasillos largos, música neutra que no invita a quedarse. Un lugar funcional, pensado para que nadie observe demasiado. Damián entra con la lista mental de siempre —café, pan, algo rápido para la cena— y con la cabeza todavía ocupada por cifras, patrones, silencios que no terminan de cerrarse. La ve de perfil, inclinada frente a una góndola baja. Primero es el gesto: pequeño, contenido, como si ocupara menos espacio del necesario. Luego la forma en que sostiene un paquete entre las manos, leyéndolo con atención excesiva, como si cada palabra mereciera ser considerada. Recién entonces, algo encaja. Es ella. No lleva el delantal. No está detrás de un mostrador. No hay máquina, ni rutina visible, ni órdenes que cumplir. Está vestida con ropa sencilla: un abrigo claro, demasiado grande para su cuerpo, un pantalón oscuro, zapatillas comunes. El cabello recogido de manera práctica, sin intención estética. Sin el uniforme, parece aún más pequeña. Más frágil. Damián se detiene sin darse cuenta. Su cuerpo, alto, ancho de hombros, acostumbrado a ser notado, contrasta de forma casi violenta con la figura discreta de ella. Él siempre ocupa espacio, incluso cuando no quiere. Teresa parece existir al margen del entorno, como si el mundo tuviera que adaptarse para no rozarla. La observa unos segundos más de lo prudente. Ella no parece notar nada. Sigue comparando productos con una concentración casi meticulosa. Toma uno, lo deja. Toma otro. Lee. Decide. Coloca el paquete en el carrito con cuidado, alineándolo con los demás. El carrito está casi vacío. Cosas normales: arroz, leche, frutas, un paquete de galletas simples. Nada elaborado. Nada superfluo. Vida básica. Ordinaria. Exactamente como él la había imaginado, sin darse cuenta. Damián avanza por el pasillo con lentitud. No sabe qué hacer con sus manos. No sabe si debería saludarla. En el café, la relación estaba delimitada por un ritual claro: pedir, pagar, recibir. Aquí no hay marco. No hay guión. Ella gira levemente y entonces lo ve. Sus ojos se posan en él sin sobresalto. Sin sorpresa visible. Lo reconoce con la misma facilidad con la que reconoce cualquier objeto cotidiano. No hay sonrisa, pero tampoco incomodidad. —Hola —dice él, demasiado consciente de su propia voz. —Hola —responde Teresa. Una palabra. Igual que siempre. Su tono no cambia por el contexto. No hay diferencia entre el café y el supermercado. Eso debería resultarle extraño. No lo es. Se quedan ahí, frente a frente, unos segundos más de los necesarios. La gente pasa alrededor, carros que crujen, bolsas que se acomodan. Ellos permanecen quietos, como si el ruido no los tocara. —No… —empieza Damián, y se detiene—. No esperaba verla acá. Teresa asiente apenas. Un gesto mínimo, casi imperceptible. —Yo tampoco. No es una frase que invite a continuar. No cierra la conversación, pero tampoco la abre. Simplemente existe. Damián baja la mirada al carrito. No es invasivo. Es automático. Observa lo que ella compra y, sin querer, confirma todo lo que había construido en su cabeza: simplicidad, orden, ausencia de excesos. —Compra… cosas normales —dice, y recién después se da cuenta de lo absurdo del comentario. Teresa lo mira. No hay juicio en su expresión. Tampoco humor. —Sí. Otra vez esa palabra. Completa. Suficiente. Él carraspea, incómodo. No está acostumbrado a sentirse así. En su mundo, las personas reaccionan. Se defienden. Preguntan. Ella no hace nada de eso. —Yo… —dice—. Trabajo cerca. Paso por acá a veces. No es mentira. Tampoco es una explicación completa. Es lo único que se le ocurre. —Entiendo —responde ella. Silencio. Damián nota algo más: ella no parece apurada. No revisa el reloj. No da señales de querer terminar la interacción, pero tampoco parece interesada en prolongarla. Está ahí porque él está ahí. Nada más. —Se ve diferente sin el uniforme —dice él, sin pensar demasiado. Teresa baja la vista a su abrigo, como si lo evaluara por primera vez. —Es ropa. La respuesta es literal. No defensiva. No coqueta. Damián siente una punzada extraña en el pecho. Algo parecido a la necesidad de proteger. No de poseer. De preservar. Como si ese entorno —luces duras, gente descuidada— no fuera adecuado para alguien como ella. —Le queda bien —agrega, más bajo—. Se ve… delicada. Ella no responde de inmediato. No porque esté considerando el comentario, sino porque está colocando otra cosa en el carrito: un paquete pequeño, liviano. Todo con el mismo cuidado preciso. —Gracias —dice finalmente. No hay cambio en su tono. La palabra no parece tener peso emocional. Es solo una respuesta correcta. Un niño pasa corriendo y casi choca con ella. Damián reacciona antes de pensar: da un paso adelante, interponiendo su cuerpo, grande, sólido. El niño pasa de largo sin detenerse. Teresa lo observa. No hay susto. No hay sobresalto. Solo registro. —No hacía falta —dice. —Lo sé —responde él—. Fue automático. Ella asiente. Como si eso explicara todo. Camina un par de pasos hacia la siguiente góndola. Damián la sigue, sin preguntarse cuándo decidió hacerlo. No caminan juntos exactamente. Comparten el espacio, nada más. —¿Siempre compra acá? —pregunta él. —Es el más cercano. Respuesta funcional. Sin historia. Sin anécdota. —Tiene sentido —dice él. Se detienen frente a los lácteos. Teresa elige sin dudar. No compara precios. No parece debatirse. Sabe exactamente qué necesita. Damián la observa desde un ángulo distinto ahora. Sin mostrador. Sin barrera. Nota lo pequeña que es en relación con él. Si estirara el brazo, podría rodearla por completo. El pensamiento lo incomoda y lo atrae al mismo tiempo. —No sabía que vivía por esta zona —dice. —No vivo lejos —responde ella. Nada más. Él sonríe, una sonrisa breve, contenida. No quiere parecer invasivo. No quiere asustarla. A sus ojos, Teresa es alguien que podría romperse con facilidad. No porque lo demuestre, sino porque él la percibe así. —Bueno —dice—. No quiero molestarla. Teresa lo mira. Hay un segundo —solo uno— en el que parece evaluar la frase, no la intención. —No molesta. Eso es todo. Llegan a las cajas. Teresa se coloca en una fila. Damián duda, luego se ubica detrás de ella. La distancia es correcta. No invade. No se aleja demasiado. Mientras esperan, él piensa en lo absurdo de sentirse así por alguien de quien no sabe nada. Piensa en Florence, en su comentario, en la imagen que describió sin darse cuenta: joven, delicada, casi intacta. Aquí está. Real. Comprando arroz. Teresa paga. Guarda las cosas con el mismo cuidado con el que hace todo. Toma la bolsa. Se gira hacia él. —Que tenga buen día —dice. —Igualmente —responde él—. Nos vemos. —Sí. La palabra no promete nada. No sugiere continuidad. Pero Damián la toma como tal. La ve alejarse por la puerta automática. El abrigo grande la hace parecer aún más pequeña. Más vulnerable. El mundo afuera la espera con su ruido y su caos. Damián permanece quieto un momento más, sintiendo algo que no puede nombrar del todo. Una certeza silenciosa: quiere que ella no tenga que conocer lo que él ve. Quiere que su vida siga siendo así de simple. De ordinaria. De limpia. No se pregunta si esa imagen es real. Solo la necesita.
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