Vacía e iluminada por el débil y lóbrego resplandor de la única antorcha, la gran cámara bajo la inmensa cúpula parecía aún más sobrenatural, ocupada sólo por los dos vampiros que nos miraban. En silencio, estudié la situación: ¿Abandonarían el cementerio aquellas criaturas, o aguardarían en lo alto de las escaleras? ¿Me permitirían sacar con vida a Nicolás de aquel lugar? El muchacho no se alejaría, pero era un ser débil. La vieja reina no nos haría nada. El único obstáculo real era, pues, el llamado «amo». Sin embargo, ahora tenía que contenerme y no ser impulsivo. Mi oponente seguía mirándome sin decir nada. —¿Armand? —dije en tono respetuoso—. ¿Puedo dirigirme a ti por ese nombre? —Me acerqué un poco más, buscando el menor cambio en su expresión—. Evidentemente, tú eres el líde
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