No me gustó despertar en la negra cripta. No me gustó el frío del ambiente, aquel ligero hedor procedente de las celdas inferiores, la sensación de que allí era donde yacía todo lo muerto. Me embargó un temor. ¿Y si no despertaba? ¿Y si sus ojos no se volvían a abrir? ¿Qué sabía yo lo que había hecho? No obstante, me pareció un acto de soberbia, una obscenidad, mover otra vez la tapa del ataúd y contemplarla mientras dormía como había hecho la noche anterior. Una sensación de vergüenza propia de mortales se adueñó de mí. En nuestra vieja casa, jamás habría osado abrir su puerta sin llamar, o apartar las cortinas de su lecho. Despertaría. Era preciso que lo hiciera. Y era mejor que levantara la losa por sí misma, que supiera despenarse sola y que la sed la empujara a hacerlo en el

