Después de un par de despedidas que implicaron mucha lengua y promesas de verme pronto, me despedí de Andrés y Adán y seguí a Víctor fuera de la casa. La mirada de desaprobación de Adonis acechaba cada uno de mis movimientos como si temiera que saliera corriendo hacia las escaleras, arruinando sus planes bien construidos para deshacerse de mí. Resistí el impulso de lanzarle un grito de desaprobación y, en su lugar, le dediqué una dulce sonrisa que le hizo apretar la mandíbula y rechinar los molares. El calor del sol de la mañana me saludó, me detuve y volví la cara hacia el cielo, absorbiendo los primeros rayos, dejando que su energía me rejuveneciera. ¿Desde cuándo un momento al sol es un lujo? Eso es lo que pasa con la pérdida y la traición. No te das cuenta de las pequeñas cosas que e

