Acomodé la cabeza bajo la barbilla de Ángelo y él me acarició la espalda suavemente. Deshuesada, me acurruqué contra él como una gatita, dejando que me llevara a un estado relajado de pura felicidad. Estar abrazada era como estar en el paraíso. Protegida del mundo, me olvidé de todos mis problemas y de que sólo era una puta a sueldo. Alejada del mundo real, fingí que lo nuestro era auténtico. A Ángelo parecía no importarle en absoluto que siguiéramos fusionados y que nuestra humedad combinada se convirtiera en un desastre pegajoso que manchaba su caro esmoquin. No hizo ningún esfuerzo por apartarme de él. En lugar de eso, me acercó y me besó en la cabeza. —¿Cansada, Blanca?— Su voz profunda retumbó en su pecho. —Un poco—, admití. Sonrió contra mi cabeza. Atónita, me di cuenta de que el

