Me agaché y apoyé la espalda contra la escalera de hormigón, deteniendo momentáneamente la respiración, temiendo que la escalera amplificara el sonido como un megáfono anunciando mi existencia. Amplificaba todos los ruidos y el eco reverberaba en las paredes de hormigón. El más leve susurro podía delatarme. La voz subió las escaleras, clara como una campana. El puto Antón. El universo se estaba riendo a mi costa, y yo no le veía la gracia. Solté el aliento que estaba conteniendo y escuché. Antón se detuvo en el rellano justo debajo de mí, y mi corazón palpitó como un bombo. Cada latido latía en mi sien, amenazando con ahogar todo lo demás. No me reconocería. Estaba a salvo, me entrené mentalmente. Antón no recordaba nada de la noche en que robé las armas, y no había razón para pensar que

