Nuevamente Nyx se sentó en la parte trasera de la camioneta cuando salió del pent-house de Aleksei. Con el ceño fruncido mantuvo los ojos clavados en el paisaje nocturno que pasaba frente a ella. Los dos hombres que la escoltaban eran imponentes, altos, con los rostros duros y sin emoción. Sus cuerpos robustos apenas se movían, permaneciendo firmes como dos guardianes de piedra mientras la oscuridad de la noche envolvía las calles.
Uno de ellos murmuró algo en ruso, lo suficientemente bajo para que pareciera una conversación casual entre ellos, pero no lo bastante suave para que Nyx no lo escuchara.
— Atáka proizoshlá bystro, no ushchérb bolshói (El ataque fue rápido, pero el daño fue grande) —dijo uno.
Nyx, con la mirada fija en la ventana, fingió no comprender. En su expresión había una mezcla de indiferencia, como si lo que acababan de decir no fuera más que ruido en sus oídos. Sin embargo, la tensión en sus hombros, la rigidez en su postura, revelaban lo contrario. No era la primera vez que escuchaba ese idioma, ni mucho menos que lo entendía. Pero fingir ignorancia le servía más en ese momento.
—Idiotas, —susurró ella, con un tono afilado como una navaja.
«¿Creen que no entiendo nada de lo que dicen?» pensó para sus adentros.
El hombre al frente apenas la miró por el retrovisor, pero no respondió a su insulto. Nyx sonrió para sí misma, fue una sonrisa retorcida que solo ella sabía ocultar tan bien. Ellos no tenían idea de que ella hablaba ruso. Y para Nyx era mejor así, siempre había sido una ventaja jugar con la ignorancia ajena.
La camioneta giró lentamente hacia la entrada de su casa, una imponente mansión que se alzaba entre los árboles oscuros. Cuando llegaron, los hombres ni siquiera se molestaron en abrirle la puerta. Nyx salió por su cuenta, ajustando su chaqueta mientras avanzaba hacia la entrada. No sin antes fulminarlos con la mirada. Pensando que si ella sería la nueva esposa del Pakhan de la Bratva, la actitud de su gente era lo primero que debía cambiar.
Al abrir la puerta principal, el aire dentro de la casa era frío y cargado. Mientras caminaba por el largo corredor hacia la sala de estar, notó la figura familiar de su padre, Michele Brown estaba sentado en un sillón de cuero n***o, observándola con una mezcla de curiosidad y desaprobación. El suave crepitar del fuego en la chimenea era el único sonido en la enorme estancia.
—¿Te divertiste? —preguntó Michele, con un tono neutral, pero sus ojos oscuros no dejaban de analizar cada uno de los movimientos de su hija.
Nyx detuvo sus pasos a unos metros de él. Su expresión, aunque controlada, revelaba una chispa de desafío. Había algo en esa simple pregunta que la incomodaba, como si supiera que él ya tenía las respuestas antes de que ella hablara.
—¿Divertirme? —repitió con una ligera sonrisa irónica—. No es la palabra que usaría, pero... fue interesante —respondió Nyx, encogiéndose de hombros.
Michele se recostó un poco más en el sillón, cruzando una pierna sobre la otra, sin dejar de mirarla. Nyx sentía el peso de la mirada esmeralda de su padre, como siempre. Sabía que Michele controlaba todo, que nada escapaba a su vista o su oído, ni siquiera su estadía en el club o su encuentro con el ruso. Pero esta vez, algo en su mirada era diferente.
—¿Y Aleksei? —preguntó Michele, como si fuera una cuestión trivial. Pero la mención de su nombre hizo que el aire en la sala se volviera más denso.
Nyx apretó ligeramente los puños, pero mantuvo la compostura. Él sabía. Por supuesto que lo sabía, seguramente su gente la había seguido.
Nyx exhaló pesadamente, sus ojos que eran tan verdes como los de Michele se mantuvieron fijos en él, cruzó los brazos sobre su pecho, tratando de ocultar el temblor imperceptible de su frustración. Sabía que su padre ya conocía cada detalle, cada segundo de lo que había ocurrido esa noche. No había forma de que no lo supiera, pero aun así sentía la necesidad de confrontarlo, de soltar las palabras que la ahogaban.
—Lo sabes —dijo finalmente, su voz fue baja, pero cargada de una furia que luchaba por contener—. Sabes que estuvo en ese club, que mató a ese hombre. Sabes que Aleksei Ivanov está loco y aun así... —sus ojos se entrecerraron mientras lo miraba con intensidad mientras hacía una pausa—. ¿Por qué no enviaste a alguien a sacarme de ahí? —le reprochó, si Michele lo vio llevarla consigo, ¿porque no mandó a alguien por ella? se preguntaba.
La pregunta flotó en el aire denso, fue como un reto lanzado directamente al hombre que siempre había sido su pilar y su sombra. Michele, sentado en el sillón, no apartó la mirada de su hija. Su expresión era tan impasible como una roca, pero Nyx podía ver el sutil movimiento en sus labios, el apretón leve que delataba algo más profundo.
Michele dejó escapar un suspiro, casi resignado, antes de hablar.
—No puedo hacerlo, Nyx, —dijo finalmente, su tono fue más suave de lo que ella esperaba—. Alek Ivanov es tu prometido. En su lugar, habría hecho lo mismo —declaró Michele, con un gesto duro. Nyx era inteligente, pero quizá muy joven para comprender que había cosas que no estaban a su alcance y encarar al líder de la Bratva, era una de ellas.
Nyx sintió una oleada de impotencia al escuchar esas palabras. ¿Cómo podía justificar algo así? ¿Cómo podía su propio padre entender la brutalidad de Aleksei, e incluso alinearse con ella? Sabía que el mundo de la mafia era despiadado, que las reglas eran diferentes, pero eso... eso se sentía como una traición, como si su propio padre la hubiera entregado a las fauces del lobo.
—¿Prometido? —repitió, su voz teñida de incredulidad y amargura—. Esto no es un compromiso. Ese hombre es un animal —dictaminó apretando los puños.
Michele no respondió de inmediato. Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra. Para él, el matrimonio con Aleksei era una alianza, una jugada estratégica para mantener la estabilidad dentro de la mafia Brown y así mismo, para brindarle protección a sus hijos y el precio era Nyx.
Por más que lo detestara, no había otra forma de verlo.
Nyx cambió el tema de repente, incapaz de soportar la idea de discutir sobre Aleksei con su propio padre. Aun así, la inquietud seguía carcomiéndola.
—Alguien lo llamó, —dijo de pronto, como si eso fuera aún más importante—. Uno de sus hombres. Al parecer, algo ocurre en Rusia.
Michele frunció el ceño ligeramente, sus pensamientos volaron de inmediato más allá de la mansión, hacia los engranajes que se movían en la Bratva. No necesitaba preguntar más. Esa simple mención lo decía todo. Aleksei tenía problemas, los mismos que le quitaron la vida a Sergei Ivanov, y si algo sucedía en Rusia, solo significaba una cosa: Nyx no estaría ahí por mucho tiempo. El ruso la querría cuánto antes en su terreno, y eso lo preocupaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Porque si Aleksei decidía llevarse a Nyx, no había nada que él pudiera hacer, no cuando él mismo había pactado ese compromiso con el padre del ruso. No, sin desatar una nueva guerra, una que por supuesto, podría ganar.
Michele se inclinó hacia adelante, sus ojos observaron a su hija con una mezcla de preocupación y resignación. Sabía que si Aleksei decidía llevársela, no había nada que él pudiera hacer. El poder del Pakhan era demasiado grande, y Michele, por más influencia que tuviera, estaba en desventaja cuando se trataba del líder de la Bratva. Una alianza no significaba igualdad, y eso lo atormentaba en silencio.
—Ve a tu habitación, Nyx, —ordenó, su voz firme, pero con una sombra de preocupación en sus palabras—. Y no vuelvas a escaparte —agregó con severidad.
Nyx lo observó por un momento antes de acercarse lentamente. Se inclinó, como solía hacerlo cuando era niña, y depositó un beso en la mejilla de su padre. Era un gesto que había perdido su ternura con los años, pero seguía siendo una parte de su rutina. Sin decir más, giró sobre sus talones y se dirigió hacia las escaleras, su mente aún revuelta por la mención de Aleksei.
Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con un leve golpe, el sonido resonando en el silencio de la mansión. Se apoyó contra la puerta, exhalando profundamente mientras cerraba los ojos. El maldito ruso. Su imagen había estado quemándose en su mente desde que la había sacado del club, desde que la había llevado en su auto sin siquiera darle una explicación. Detestaba cómo la hacía sentir, esa mezcla de ira, atracción y cierto temor. ¿Cómo podía sentirse atraída por alguien tan cruel? ¿Cómo pudo sentirse así ante esa bestia? se preguntaba.
Negó con la cabeza, como si eso pudiera borrar los pensamientos que la acosaban. Caminó hacia la jaula de su cuerva, Ravenna, que la observaba con sus ojos oscuros y brillantes, siempre alerta.
—¿Tú también piensas que tiene razón? —murmuró mientras abría la jaula y dejaba que el ave volara hacia su hombro.
Ravenna graznó suavemente, su pico afilado rozando el cuello de Nyx. Ella sonrió de lado, acariciando las plumas negras de su compañera. Al menos alguien en su vida no la traicionaba. Pero incluso con la compañía de su cuerva, los pensamientos sobre Aleksei seguían colándose en su mente. Su mirada ámbar penetrante, el control que ejercía sobre todos a su alrededor, la forma en que la había tratado esa noche, como si fuera suya y solo suya. Para luego botarla sin más, sin tomarse la molestia de llevarla él mismo a su casa. Eso había sido un golpe bajo, uno que no dejaría pasar por alto.
Nyx cerró los ojos, tratando de alejar la imagen de Aleksei, pero era inútil. Su rostro seguía apareciendo en su mente, sus gestos calculados, su voz áspera y autoritaria. Lo detestaba. Lo detestaba con cada fibra de su ser. Pero había algo más allí, algo oscuro y retorcido que no podía ignorar.
Caminó hacia la ventana, con Ravenna aún en su hombro, observando la vasta extensión de la propiedad de su padre. Todo estaba en silencio, pero la tormenta dentro de ella seguía rugiendo.
No podía evitar sentir que eso no era más que el comienzo. Aleksei no iba a detenerse, no cuando creía que tenía derecho sobre ella. Y Michele... su propio padre estaba dispuesto a entregarla como parte de un acuerdo.
Nyx no era tonta. Sabía que Aleksei no la veía como una simple prometida, sino como una posesión.
Pero lo que Aleksei no sabía, lo que Michele aún no comprendía, era que Nyx no iba a permitir que la controlaran tan fácilmente. Ella también tenía cartas para jugar.
Ravenna graznó de nuevo, esta vez más fuerte, como si percibiera la agitación de su dueña. Nyx la acarició.
El problema era que, a pesar de todo, había una parte de ella que quería saber qué sería capaz de hacer Aleksei. ¿Hasta dónde llegaría por tenerla bajo su control? Y peor aún, ¿qué parte de ella misma estaba dispuesta a ceder ante él?