3| Sin voluntad propia

1867 Words
La noche se sintió más intensa cuando Nix decidió tomar la mano que le extendió Aleksei, su mirada nunca se apartó de la de él. Con una calma que solo la práctica podía otorgarle, alargó la suya. Sintiendo el calor de su piel, la firmeza de su agarre. Fue un instante, un momento breve, pero el roce de sus dedos despertó una sensación inesperada, como si algo la atravesara. Una corriente sutil, casi imperceptible, que le hizo apretar los labios levemente, manteniendo su rostro neutral, sin dejar que su interior perturbado aflorara. Los ojos de Aleksei la seguían con la misma intensidad, una mirada tan clara como la miel, pero llena de oscuridad, una mirada muy profunda. Nix elevó su rostro, él era muy grande, y ella tan pequeña. Sin embargo, no se inmutó, si el hombre frente a ella pretendía intimidarla, no iba a lograrlo. Con la barbilla en alto y ocultando cualquier escalofrió que recorriera su cuerpo, Nix respondió a sus palabras. —El placer es mío —respondió, con voz clara y suave, pero firme. Su mano se retiró con la misma delicadeza con la que la había ofrecido, y aunque en el exterior parecía haber sido un simple gesto cordial, en su interior todavía sentía el eco de esa conexión física. Deslizó su mano por su falda, disimulando el efecto que aquel hombre había provocado. El gesto altivo de la pequeña hija del mafioso neoyorkino no pasó desapercibido para Aleksei y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, misma que borró de inmediato cuando se volvió hacía Michele Brown, quien estaba a su lado, inspeccionando que el atuendo de su hija era el mismo que había pedido que se cambiara. El gesto de Nix cambio, cuando sintió la mirada de su padre, mostrándole una sonrisa traviesa, a modo de disculpa. —No te esperaba hoy —dijo Michele con un tono seco, con su mirada ahora fija en el ruso. La muerte de Sergei Ivanov había sido sorpresiva para todos y para Michele Brown no era la excepción. Michele sabía que, con la muerte de su padre, Aleksei haría ajustes en su organización. No obstante, la visita repentina del ruso no era de su agrado. Michele no era un hombre que actuara impulsivamente, cada acción en su vida formaba parte de un plan, y que el ruso llegara a sus dominios sin previo aviso, era algo que lo alertaba. Por su parte Aleksei, no era un hombre acostumbrado a excusarse, él era el maldito Pakhan de la Bratva, no un simple mafioso que buscaba la mano de su hija y por supuesto, no se iba a disculpar por aparecer una noche cualquiera, sin previo aviso, sin invitación y con la intención de conocer a su prometida. —No esperaba hacerlo —dijo Aleksei con prepotencia, irguiendo más su espalda—. Pero como sabes, mi padre ha muerto, y antes de que comience la búsqueda del maldito responsable, la Bratva necesita una reina —agregó dirigiendo su mirada nuevamente a la de Nix. Esta apretó sus labios, ante su arrogancia, observando el intercambio de los dos hombres. Nix sabía mejor que nadie cual era el temperamento de su padre y hasta ese día, no había visto a alguien capaz de retarlo de esa manera. El ruso era un maldito adonis desgraciado, lo podía saber, por su forma de comportarse. Michele esbozó una sonrisa, podía ver en la mirada de Aleksei la sed de venganza, y no dudaba ni por un momento que entre sus sospechas estuviera él. —¿Qué es lo que quieres? ¿Has venido a sellar el compromiso? —preguntó Michele sin rodeos, si el hombre estaba ahí, seguro quería formalizar el compromiso con su hija. De ser así, él no podría negarse, pero tampoco dejaría que fuera de esa forma tan informal, eso sería un insulto para él, para Nix y para la mafia neoyorkina. Aleksei quedó en silencio un par de segundos, un silencio que tensó a Nix, pero que a él no lo incomodó. Era cierto que el plan era salir de ahí llevando a la hija de Michele consigo. Sin embargo, al verla sus planes habían cambiado. —De momento solo vine a conocerla, ha reiterar que el compromiso que tú y mi padre acordaron sigue en pie —soltó de manera despectiva, dejando claro que ese no era un deseo propio—. Como también, he decidido que se lleve a cabo en Moscú —dictaminó con una mirada perversa. Con una arrogancia exasperante. La mandíbula de Michele se tensó. El ruso frente a él, no era un hombre fácil de leer. ¿Qué esperaba? ¿Por qué quería llevar la celebración en su territorio? Fueron preguntas que se formuló en su mente. No obstante, con un asentimiento mostró una conformidad que no sentía en ese momento. —Que así sea —dijo Michele con una mirada penetrante. El intercambio de ambos era como como dos demonios haciendo un pacto. Mientras que Nix observaba a ambos hombres con el corazón acelerado. Aquel compromiso, parecía más como un negocio. Uno donde ella era la mercancía que, al parecer, su padre debía ir a entregar a Rusia. La tensión en la habitación se sentía tan densa que apenas se podía respirar. Nix, de pie, frente a los dos hombres imponentes, con su pecho alzándose y bajando rápidamente, sintió cómo la furia se acumulaba en su interior. Las palabras que acababa de escuchar, que su compromiso debía llevarse a cabo en Rusia, la hicieron hervir de rabia. ¿Qué era ella? ¿Un objeto que podían transportar de un lugar a otro, como si no tuviera voluntad propia? Con el rostro encendido, interrumpiendo la conversación de Michele y Aleksei. La mirada firme y retadora que le lanzó al ruso fue tan afilada como una daga. —¿Por qué tiene que ser en Rusia? —soltó, su voz cargada de desprecio y una furia apenas contenida—. Si ya estoy aquí, ¿por qué no lo hacemos de una vez? ¿Qué sentido tiene darle tantas vueltas? La sala quedó en silencio. Michele y Aleksei, dos hombres acostumbrados a ser los dueños absolutos de cualquier situación volvieron sus miradas hacia ella, ambos serios, aunque en Aleksei se asomó una chispa inesperada. Un destello de sorpresa... y algo más. Nix no se encogió. Sabía que, comparada con ellos, su figura era pequeña, pero no se sentía menos imponente. Ella también había heredado la fuerza y el temperamento de su padre, y si pensaban que iba a ceder sin más, estaban muy equivocados. Su mirada desafiante se mantuvo firme, sin titubeos, aunque en su interior sentía la rabia arder. Aleksei la miró con interés, la chispa de diversión en sus ojos oscuros la provocaba, como si la estuviera retando a continuar. Michele, por otro lado, intentó mantener la calma, aunque su mandíbula estaba tensa. Se notaba que la situación también lo incomodaba. —¿Que estamos esperando? —replicó con veneno, sus ojos todavía fijos en los de Aleksei. La tensión entre ellos era palpable, un choque de fuerzas invisible, pero innegable. Nix sabía que estaba desafiando a un hombre peligroso, pero no le importaba. Si él pensaba que podía controlarla tan fácilmente, estaba a punto de descubrir lo contrario. —Si Aleksei así lo desea, así será —dijo Michele finalmente, su voz grave y medida, aunque sin la misma convicción de siempre. Nix sintió el vacío en las palabras de su padre. No era lo que realmente quería, pero el poder que Aleksei ejercía sobre la situación era evidente. Eso solo la hizo enfurecerse más, pero lo ocultó tras una sonrisa irónica, manteniendo su barbilla alta. Aleksei le lanzó una mirada victoriosa a Nix pero luego, con la mirada seria espetó a Michele: —Te avisaré la fecha, será lo más breve posible. Michele asintió con la cabeza. Sin dejar de mostrar ese gesto endurecido que lo había caracterizado por años. —Me retiro —bramó el ruso extendiendo su mano para estrechar la de Michele. Este la sujetó, y en ese momento aquel compromiso quedó pendiente, en espera de la fecha que dictara el ruso. Al soltar la mano de Michele, Aleksei se volvió a Nix, una vez más los dos quedaron en silencio. Aunque la mirada de ninguno mostraba nada. —Nos veremos pronto malyshka (pequeña) —soltó el ruso tomando la mano de Nix y llevándola hasta sus labios. Ella no respondió. Solo lo miró fijamente apretando sus labios, mientras una extraña corriente recorría todo su brazo ante la calidez de sus labios. Y después lo miró marcharse. Cuando el ruso finalmente se marchó, el aire pareció aligerarse, pero la tensión seguía clavada en el cuerpo de Nix. Apenas se cerró la puerta tras Aleksei, se volvió hacia su padre con los ojos encendidos por la indignación. —¿Por qué cediste tan fácil? —lo cuestionó, su voz contenida, pero con la furia clara en cada sílaba—. No puedes simplemente entregar todo a su manera, como si... Michele, con su típica calma imponente, la interrumpió, tomando su barbilla entre sus dedos con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su mirada. Sonrió levemente, era una sonrisa enigmática. —Tranquilízate —siseó Michele, su voz sonó baja, cálida, pero con un trasfondo calculador—. Es mejor así, por ahora —agregó sin dar explicaciones a su hija. Nix frunció el ceño, sin terminar de entender, pero no quiso seguir discutiendo. Sabía que cuando su padre adoptaba ese tono, era inútil insistir. Soltó un suspiro frustrado, apartando su rostro del contacto y se dirigió hacia las escaleras. Subió a su habitación, cerrando la puerta con un golpe leve, pero decidido. Cruzó los brazos sobre su pecho, caminando en círculos por la habitación mientras la rabia seguía burbujeando bajo su piel. ¿Cómo podían tratarla así, como una simple pieza en un juego de poder? Su celular vibró en la mesita de noche, arrancándola de sus pensamientos. Lo tomó sin mucha prisa y vio el nombre de Valentina Moretti parpadear en la pantalla. “¿Vas a ir al club esta noche?” decía el texto. Nix exhaló, cerrando los ojos por un segundo. Tal vez salir y despejar su mente le ayudaría a sobrellevar toda la presión que sentía. Y, por supuesto, Valentina era una distracción perfecta. “Sí, ahí estaré” respondió ella. Con un plan en mente, dejó el celular a un lado y pensó en marcharse, pero el graznido de Ravenna la detuvo por un instante. Nix miró a Ravenna, ajustó en su emplumada cabeza el moño rosado que se había caído dentro de la jaula y se sentó en el borde de la cama. —No me veas así —dijo a la pequeña cuerva, que la miraba atenta. —Él dijo que no podía salir porque iba a conocer al ruso —siseó mientras se retiraba sus zapatos altos—, pero no dijo que no podía salir después de conocerlo —agregó con una sonrisa, colocando en su hombro la correa de su bolso y con los tacones en mano, salió de la habitación.
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