La noche avanzó lenta y tensa en la hacienda de Iván Reyes. Irina se había pasado el día encerrada en esa enorme habitación, un espacio decorado con detalles elegantes, pero que para ella no era más que una prisión, un recordatorio constante de su situación. Por la ventana, podía ver el jardín iluminado por la luz de la luna, un paisaje hermoso y exótico que la hacía sentir aún más lejos de casa, rodeada de un lujo que se le hacía ajeno y hasta irónico. Su mirada se desvió al reloj que colgaba en la pared. La hora le recordaba que, aunque parecía que llevaba días ahí dentro, apenas habían pasado unas horas desde que Iván la había dejado en esa habitación. Pensaba en cómo salir de aquella situación, en cómo huir de un hombre que no solo tenía el poder de mantenerla ahí contra su voluntad,

