La pequeña traga saliva cuando me ve acercarme a ella. —Mi mamá dijo que prometiste no tocarme hasta que sea tu esposa —menciona. Nuevamente, su tono no es de reproche, es seductor, se nota curiosa. —Dije que dormirías en otra habitación, jamás prometí mantenerte virgen —declaro con una perversidad palpable. Sería estúpido que su padre pensara que no le tocaría un cabello a su pequeña hija. Nyx se recarga en la cama sobre sus codos y se aleja de la orilla, sube un poco más hasta quedar en medio de la grande cama y me mira con deseo, con las pupilas dilatadas. No necesito preguntar si ella quiere esto. Aunque esa maldita idea de doblegarla me insta a que lo pida. Que ruegue que la folle. —Dime, Nyx —pregunto con la voz grave, mientras me coloco entre sus piernas—. Pídeme que te coja, p

