—Digo lo que escuchaste, muñeca. Me encantan tus curvas. Pero también me encantará que te ejercites cada día conmigo —expresó con una sonrisa sugerente. Irina parpadeó, aún más roja, sin saber exactamente que significaba eso, pero su mirada perversa le hacía creer que se comentario era sobre algo s****l. —Pero no quiero que pierdas ni un gramo de esos encantos tuyos —agregó con calma, como si estuviera hablando del clima. Ella bajó la mirada, sintiendo que no podía sostener esa intensidad. Su corazón latía con fuerza, como si el peso de las palabras de Iván fuera suficiente para desestabilizarla. —No sé de qué estás hablando... —murmuró, su voz temblorosa. Iván se inclinó un poco hacia ella, provocando que ella retrocediera hasta quedar pegada al armario. —Claro que sabes, güerita. —S

