La noche que había caído sobre Moscú, mostraba una penumbra que llenaba la imponente mansión Ivanov. Solo la luz de una lámpara dorada, ubicada en la mesita de noche, iluminaba tenuemente la habitación que Valentina ocupaba. Afuera, los jardines apenas se distinguían bajo el cielo oscuro. Valentina cerró la puerta con fuerza, dejando escapar un gruñido bajo. Estaba molesta, indignada, y aunque sabía que así debía ser, no podía creer que su vida estuviera siendo decidida como si ella no tuviera voz. Se dirigió hacia la mesita de noche, donde su teléfono móvil descansaba. —¡Es increíble! —murmuró mientras agarraba el dispositivo. Marcó el número de Dmitry sin pensarlo dos veces. Mientras el tono de llamada sonaba, caminaba de un lado al otro de la habitación, sus pies descalzos apenas hac

