La noche previa a la boda había caído sobre Moscú, y la mansión Ivanov estaba envuelta en un silencio solemne. En el dormitorio principal donde Nyx y Ravenna habían comenzado a dormir con Aleksei y Boris, Nyx se encontraba de pie junto a un pequeño joyero de terciopelo. Sus dedos delgados sostenían un par de aretes de diamantes, finos y delicados, un regalo de Kath, su madre, especialmente para el gran día. El brillo de las piedras reflejaba la suave luz del candelabro del techo, y Nyx los observaba con una mezcla de calma y anticipación. De pronto, el sonido de la puerta abriéndose interrumpió sus pensamientos. No necesitó mirar para saber quién había llegado. La presencia de Aleksei era inconfundible: una mezcla de fuerza y autoridad que parecía llenar cualquier espacio en el que entrar

