Sin Opciones

763 Words
No logré pegar un sólo ojo durante toda la noche, cada vez que lo intentaba aparecía su rostro delante de mí, sus palabras, sus amenazas y sobre todo su plazo. Veinticuatro horas, para decidir si acabar con mi vida o con la de mi familia; miles de interrogantes me embargaban una peor que la otra. ¿ Quién era en realidad Federico Lordes?, ¿ porqué su obsesión conmigo?, ¿ hasta dónde era capaz de llegar?. Eran tantas que obligué a mi cabeza a callarse, escuché tocar mi puerta. — Kyara, hija se te hará tarde para ir a trabajar— escuché la cálida voz de mi madre tras la puerta, en ese momento deseé salir y decirle todo sin embargo no tenía sentido, sólo lograría aumentar sus preocupaciones además de que la podría acercar a un infarto. — Está bien — traté de que mi voz se escuchará normal— enseguida bajo. Repetí mi rutina diaria sin mucho esmero, descendí la pequeña escalera con pasos lentos escuchando como retumbaban en mi cabeza. Mi madre se encontraba sentada con un tasa de café en las manos, con su mirada fija en la pared como si fuera el espectáculo más increíble del mundo. — Mamá, ¿ estás bien?— asintió con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, tenía pequeñas bolsas negras debajo de éstos. — Keith está — sus palabras fueron cortadas por las lágrimas, me acerqué hasta ella envolviéndola en mis brazos — es tan doloroso verlo así... — Lo sé — retuve las lágrimas, no podía derrumbarme delante de ella. Deshizo el abrazo, limpió su rostro con sus manos aún temblorosas. — Lo siento, si él llegará a verme así no me lo perdonaría —. Me lancé a sus brazos buscando ser la consolada en ese momento. Mis padres tenían el amor más hermoso y abnegado que jamás hubiera visto. Ni el cáncer, ni los problemas lo había debilitado, todo lo contrario, mamá nunca hablaba de la enfermedad de papá, tampoco hacía comentarios al respecto, era como si quisieran ocultar la verdad y continuar en esa burbuja de amor eterno que se prometieron muchos años atrás. Muchas veces soñé con enamorarme así, esperar a que llegara esa persona especial que hiciera que todo a mi alrededor se detuviera, (según las palabras de mamá), que nada importe, ni el día, el lugar o la hora, sólo él y yo; sin embargo nunca llegó, nunca sucedió, ninguno de mis antiguos novios logró ese efecto en mí y después que diagnosticaron a mi padre ese tipo de cosas pasaron a otro plano, a uno inexistente. Ahora, lo sé, nunca llegará... Nunca me enamoraré, mi destino ya está escrito y contra eso no hay quien pueda, no hay opciones. Dejo a Patrick en su escuela, condujo sin tener un lugar específico al cual ir. A la oficina no volveré, aunque me hubiera gustado despedirme de mis compañeros, el sonido de mi móvil hace que volteé a buscarlo. Un nuevo mensaje aparece en la pantalla, lo abro sin mucho interés. 11 horas. Mi pulso se acelera, respiro agitada aún con el móvil en las manos, el número es desconocido pero es más que obvio de quien es el remitente. ¡ Maldito psicópata!. Lanzó el móvil sobre el asiento del copiloto viendo como rebota y cae debajo de éste; el miedo vuelve hacer eco en mi cuerpo, miles de imágenes pasan por mi cabeza, ninguna de mi agrado. Sin saber como he terminado en una playa desierta, el mar siempre me ha traído calma. Dejó que todas mis emociones salgan fuera sin saber como detenerlas, las horas pasan y con ellaa el día. Observo el atardecer, me levanto sacudiendo toda la arena de mi ropa, me he vestido como si fuera para la oficina evitando levantar sospechas por parte de mi madre. Camino hasta mi coche sintiendo aún la arena bajo mis píes, lanzó mis tacones junto con mi chaqueta en el asiento del copiloto, mis ojos se topan con mi móvil. Desdé la mañana no lo había visto, bueno, lo hice desaparecer. Levanto el móvil, lo enciendo y sólo hacerlo mi pulso se acelera. Tengo varias llamadas pérdidas de mi madre, inmediatamente papá llega a mis pensamientos, con los nervios a flor de piel le marco. — ¿ Kya, dónde estás? — su voz se escucha tensionada, eso aumenta mi preocupación. — Tuve complicaciones en la oficina, ¿ pasó algo con papá? . — No, tu padre está bien — la escucho sorber la nariz — es Patrick, está en el hospital... Lo han atropellado.
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