El amanecer en la mansión Blackwood nunca traía consuelo, solo una luz fría que se filtraba por los ventanales de diseño, iluminando la perfección estéril de la habitación. Para Benerice, despertar era un proceso lento y cargado de una pesadez que ningún café lograba disipar. Se quedó inmóvil en el inmenso colchón de seda, escuchando el silencio de la casa, ese silencio que la juzgaba desde hacía exactamente un año.
Hoy era el aniversario. El día en que el mundo de los Moretti y los Blackwood cambió para siempre en una curva cerrada bajo la lluvia.
Benerice se levantó con movimientos asustadizos, como si temiera romper el aire. Al pasar frente al espejo, evitó su reflejo. Siempre se había sentido como una nota discordante en una sinfonía perfecta; sus curvas suaves y su timidez no encajaban con la imagen de la "mujer de éxito" que sus padres exigían. Ella era la chica que prefería el aroma de la harina y el calor de un horno a las frías juntas directivas de la empresa familiar donde, por compromiso, ocupaba un puesto en Recursos Humanos.
Unos toques firmes en la puerta la hicieron sobresaltarse.
—Señora, el señor Julian la espera en el comedor. Los invitados para la conmemoración llegarán en una hora —la voz de la señora Hennessey, la ama de llaves, era impecable, pero carente de cualquier rastro de afecto.
—Bajo en un momento, Martha —susurró Benerice, aunque sabía que la mujer ya se había marchado.
Al bajar la imponente escalera, el frío del mármol parecía subir por sus piernas. Julian ya estaba allí, sentado a la cabecera, revisando informes en su tableta. Julian Blackwood era un hombre que no necesitaba alzar la voz para dominar; su sola presencia, varonil y demandante, llenaba el espacio. A sus 31 años, era el arquitecto de un imperio financiero, un hombre inteligente, calculador y poseedor de una amargura que guardaba bajo trajes de tres piezas.
Él no levantó la vista, pero Benerice sintió su escrutinio en cuanto entró.
—Llegas tarde, Benerice —dijo con esa voz barítona y pausada—. En un día como hoy, la puntualidad es lo mínimo que se espera para mantener la decencia frente a los invitados.
—Lo siento, Julian… no he dormido bien —respondió ella, sentándose al otro extremo de la mesa, encogiéndose en su silla.
Julian dejó la tableta y la miró. Sus ojos azules eran dos piezas de cristal pulido, inteligentes y distantes.
—Tus padres vendrán buscando una fachada de estabilidad. Espero que dejes de lado esa actitud asustadiza. Eres una Blackwood, al menos legalmente, y el mundo espera que actúes con la altura que el apellido exige —Tomó un sorbo de café, y un destello pícaro pero amargado cruzó su rostro—. Por cierto, hueles a vainilla de nuevo. Martha dice que pasas horas en la cocina del servicio. No quiero que los Moretti piensen que mi esposa se esconde entre harinas porque no sabe lidiar con la realidad.
Benerice bajó la mirada, las mejillas encendidas. Él lo notaba todo, incluso sus pequeños intentos de encontrar paz en la repostería.
—Es solo un pasatiempo, Julian.
—Que no interfiera con tus deberes hoy —sentenció él, volviendo a su lectura y borrándola de su atención con una indiferencia que dolía más que cualquier grito.