Gianna sentía sus manos temblorosas, y su cuerpo frío, le parecía algo terrorífico, y no comprendía los motivos: «¿Dinero?» era la única explicación que se le venía a la mente. Y si empezaban a atar cabos quizás encontraría las respuestas a tantas dudas que les oprimía el pecho a ambos. —Quizás nos estamos dejando sugestionar, no lo sé —refunfuñó Joaquin—, tengo la cabeza hecha un caos. —Me siento como tú, porque no logro comprender: ¿Por qué? —lo observó a los ojos, y lo miró con preocupación. Los niños al escuchar que ya nadie discutía asomaron sus cabezas por el pasillo, y con cierto temor aparecieron en el salón. —¿Ya se fue? —preguntó Luisana. —¿Nos va a llevar con ella? —indagó Lionel. Joaquin se aproximó a ellos, el corazón se le estrujó, se veían tan indefensos y asust

