CAPÍTULO VEINTICINCO Por las noches, los bosques de Virginia eran como una actuación de una orquesta privada, por lo que él podía decir. La estaba escuchando sentado en una vieja silla de madera y tomando sorbos de otro frasco lleno de lo que su padre había llamado en su día el Relámpago Blanco—una receta que habían pasado de generación en generación entre los hombres de su familia desde que la Prohibición casi arruinara el país. La verdad sea dicha, su sabor no le importaba mucho. No es que tuviera mucho sabor de todas maneras. Pero le gustaba el quemazón. Le gustaba la manera en que le podía hacer sentir casi desconectado del mundo cuando había tomado suficiente. Normalmente, estaba lleno hasta las orejas de ese quemazón cuando se ponía a trabajar. Capturar a la gente para que le ayud

