Angelo observaba a Ginevra desde la oscuridad de la habitación. Catorce veces, las había contado. La mujer se movía en la cama, buscando una postura que pareciera imposible de encontrar. Él sabía que su vientre abultado tenía mucho que ver con esa incomodidad, pero algo en la manera en que giraba y se agitaba le inquietaba. ¿Estaría teniendo un mal sueño? Sus ojos seguían cada movimiento de su cuerpo, su piel desnuda que, por momentos, quedaba expuesta cuando la sábana se deslizaba. Primero, su muslo derecho, que quedaba descubierto bajo la tela fina del pijama. Luego, su mano moviéndose lentamente hasta que uno de sus senos escapó de la ropa. Angelo frunció el ceño y, por un segundo, apartó la vista. Se frotó los ojos, sintiendo una incomodidad que no podía definir. No había venido a

