Greta había pasado la noche sintiéndose extraña. Tenía su maleta preparada desde el día anterior, emocionada por el viaje, pero a medida que la noche avanzaba, un malestar comenzó a apoderarse de su cuerpo. Cuando la alarma de Simone sonó en la madrugada, sus ojos apenas se abrieron y supo de inmediato que no podría ir con él. Se sentía peor de lo que había pensado. Simone, ya vestido y listo para partir, se sentó en el borde de la cama cuando vio la expresión apagada de su esposa. —No te ves bien —dijo Simone, frunciendo el ceño mientras tocaba su frente y sentía el calor—. Estás con fiebre, Greta. No podemos viajar así. Puedo retrasarlo hasta que te mejores. Greta, con la voz débil pero decidida, negó con la cabeza mientras se incorporaba un poco en la cama. —No… no lo hagas. No

