Don Marcello Amato permaneció sentado mientras el resto de los capos abandonaba la sala. Simone y Angelo se quedaron en sus lugares, ambos tensos, sin mirarse el uno al otro. La decisión de la Commissione había sido clara: la paz se impondría entre ellos, pero todos sabían que lo más difícil no era llegar a un acuerdo, sino mantenerlo. Y en el ambiente, aún quedaban demasiadas cuentas pendientes. Don Marcello se inclinó hacia adelante, sus dedos entrelazados sobre la mesa de madera antigua. Su rostro estaba serio, sus ojos cansados pero afilados como siempre. Simone lo observó con atención, mientras que Angelo, aunque mantenía la calma exterior, no podía ocultar cierta altivez en su postura, como si la victoria estuviera más cerca para él. —Signori —comenzó Don Marcello, con voz grav

