Angelo llegó a casa pasadas las diez, una noche más después de días de estar fuera por sus asuntos. Como siempre, su primera parada fue la habitación de Massimo. Entró en silencio, cuidadoso de no hacer el más mínimo ruido que pudiera despertar a su hijo. El bebé dormía profundamente en su cuna, su pequeña figura apenas visible bajo las suaves mantas. Angelo se acercó, apoyándose en el borde de la cuna mientras lo observaba. Sus ojos se suavizaron al ver cómo respiraba con tranquilidad, cómo su pequeño pecho subía y bajaba en un ritmo perfecto. Era un sentimiento que nunca podía describir, un amor que lo llenaba de una forma infinitamente hermosa. Después de unos minutos, Angelo dejó escapar un suspiro bajo, una mezcla de cansancio y alivio. Se enderezó y salió de la habitación con

