Angelo estaba sentado frente a la pantalla del ordenador, sus manos apretando el borde del escritorio con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Su cabello, normalmente bien peinado, caía desordenado sobre su frente, su mente trabajando a mil por hora mientras revisaba cada ángulo, cada video de las cámaras de vigilancia. Habían peinado toda la casa, cada rincón, desde el sótano hasta el último cuarto en el segundo nivel. El patio, los alrededores, todo había sido revisado con lupa. Pero Ginevra no estaba. No había ni rastro de ella, y aquello lo estaba volviendo loco. ¿De verdad tenía el control de algo? Sentía que ella se reía en su cara y eso no le gustaba. Las cámaras solo cubrían las entradas, las salidas y los exteriores, no había ni una sola dentro de la casa.

