Angelo llegó a la casa de su madre y fue recibido por uno de los guardias, quien le indicó que debía esperar en el salón. Alessandra estaba con una visita en su despacho, y él tendría que aguardar. Angelo soltó un suspiro y, mientras esperaba, comenzó a merodear por la casa, la misma que siempre había detestado de pequeño. Siempre había estado llena de gente, hombres que iban y venían, todos bajo las órdenes de su madre. Incluso siendo el hijo de la líder, la mujer más poderosa en toda Sicilia, siempre se sintió pequeño e insignificante allí. Recorrer esos pasillos era como abrir una vieja herida. Recordaba los momentos en los que pasaba por esos mismos lugares de niño, la forma en que cada hombre lo miraba, siempre con mucho respeto y al mismo tiempo lástima. No era fácil tener como ma

