Simone apenas podía procesar lo que tenía frente a sus ojos. Greta estaba ahí, de pie, vestida solo con lencería, su cuerpo iluminado tenuemente por la luz suave de la lámpara junto a la cama. Su boca se entreabrió, sin palabras. No era la primera vez que la veía en ese estado, pero algo en esa noche era diferente. La tensión en el aire era más densa, más cargada. Y, sin la menor duda, aquello no se parecía en nada a los pijamas que ella estaba usando esos días en los que él se quedaba en su casa, durmiendo en la misma cama. Greta no dijo nada. Simplemente se acercó a él con determinación, sus pasos silenciosos, aunque poco seguros. Simone sintió cómo su respiración se aceleraba a medida que la distancia entre ellos desaparecía. Y cuando los labios de Greta se encontraron con los suy

