Angelo no podía dormir. Algo dentro de él lo mantenía inquieto, dando vueltas en la cama sin encontrar reposo. Finalmente, resignado, se levantó y se dirigió a la cocina, pensando que un vaso de agua o algo ligero le calmaría los nervios. Cuando entró, la luz suave de la nevera abierta iluminaba el espacio. Una figura se movía en la penumbra, y por un momento, pensó que se trataba de un animal, el pensamiento fue absurdo y él se dio cuenta al instante. El ruido de algo siendo removido le hizo entrecerrar los ojos. —¿Una gata en la cocina? —murmuró, bromeando, mientras cruzaba los brazos y se apoyaba en el marco de la puerta. Ginevra, inclinada frente a la nevera, se sobresaltó. Giró su rostro hacia Angelo con los ojos entrecerrados. —¿Gata? —preguntó, algo divertida, mientras se ender

