La casa estaba sumida en la oscuridad cuando Ginevra se levantó de la cama. El peso de la decisión que se cernía sobre ella la mantenía despierta; no había pegado ojo desde que Angelo le había dejado claro que al día siguiente se casarían. Contra su voluntad, contra todo lo que deseaba. La angustia era un nudo en su pecho, apretando cada vez más fuerte. Pero, por más que quisiera convencerse de que no había otra salida, ella no era de las que se rendía con facilidad. ¡Tenía que agotar todas sus opciones! Incluso las que estaban condenadas al fracaso. Sabía que no estaba pensando las cosas con claridad, que quizás lo que la movía era el miedo, la desesperación, y justo por eso, debía de moverse ahora que podía. Con pasos silenciosos, se vistió. Un pantalón cómodo, un abrigo largo y su

