Sobre la mesa se extendía un festín que hacía que a Ginevra se le hiciera agua la boca. Una mezcla de aromas se entrelazaba en el aire: la fragancia dulce de los arancini recién hechos, crujientes por fuera y rellenos de queso fundido; el inconfundible olor de las berenjenas a la parmigiana, bañadas en salsa de tomate y cubiertas de queso derretido; y el perfume suave de un pescado alla griglia, cocido a la perfección, acompañado de rodajas de limón y aceite de oliva. En el centro de la mesa, un gran plato de pasta alla norma destacaba, con su salsa de tomate, albahaca fresca y trozos de ricotta salata espolvoreados por encima. A su lado, unos bocados de panelle y sfincione, el típico pan siciliano cubierto de cebolla, anchoas y queso, tentaban con su calidez. Todo estaba servido de maner

