A pesar del dolor, Ginevra no dejaba de mirar a Angelo, quien caminaba a su lado, sin apartarse de ella ni un solo momento. Apenas llegaron a la sala de parto, el equipo médico se puso a trabajar de inmediato. Dos enfermeras comenzaron a prepararla, colocándole una bata de hospital mientras uno de los doctores revisaba su estado, monitoreando las contracciones y verificando la dilatación. La habitación estaba llena de actividad, pero a pesar de todo el movimiento, Ginevra solo podía concentrarse en una cosa: el miedo. Este era su primer embarazo, su primer parto. Sabía que era un proceso natural, algo que millones de mujeres habían hecho antes que ella, pero nada de eso lograba calmar el terror que la acechaba en silencio. Cada contracción le recordaba que estaba un paso más cerca de un

