Estaba casi petrificada. Ese hombre casi no se parecía a Javier, no tenía como haber sabido que era él. Sólo cerró la puerta y se paró para esperar que le dijera cualquier cosa desagradable. -Tranquila, muchacha. No muerdo, ya ni siquiera ladro, pero sigo siendo igual de perro, como algunos colegas me llaman. -Disculpe, yo… no lo esperaba. -Bueno, Javier lleva un mes tirándola pelota a otro lado. No ha querido que te conozca. De pronto, Gloria al fin recobra la compostura. Tiene trabajo que terminar y, por muy dueño que sea, quiere despachar al hombre lo más pronto posible para finiquitar su trabajo. Se arregla el vestido y le dice: - ¿Gusta tomar asiento? – le indica su sillón -. Es más cómodo que la silla de invitados. -Gracias, linda. La verdad, hace cinco años me habría dado lo m

