Melody. La vergüenza, ese sentimiento punzante que me había mantenido oculta bajo capas de ropa, finalmente comenzaba a disiparse. Gracias al apoyo constante y los halagos de mis Daddys, por fin me sentía capaz de lucir un bikini frente a los demás sin desear que la tierra me tragara. Al observar a las otras chicas, me di cuenta de que cada una lidiaba con sus propias sombras; Dayana, por ejemplo, todavía proyectaba una timidez palpable, especialmente bajo la mirada atenta de los empleados de la casa. En cambio, Cindy y Samantha parecían haber nacido para esto. Sus trajes de baño eran tan reveladores que dejaban poco espacio a la imaginación, desafiando cualquier rastro de modestia. A pesar de la belleza evidente de mis amigas, no sentí el aguijón de los celos. Mis Daddys no les dedicaba

