Akila.
No tuve que esperar mucho.
La noticia de que sería su acompañante corrió por el palacio como si alguien hubiera encendido una antorcha en un salón lleno de cortinas.
Las miradas cambiaron.
Los susurros aumentaron.
Y yo… fingía que nada de eso me afectaba.
Mentira.
Cada paso que daba era una mezcla entre orgullo y miedo.
La reina había hablado.
Pero él no.
Y eso significaba que el enfrentamiento era inevitable.
Ocurrió al atardecer.
Me dirigía hacia la biblioteca principal —irónico, pensé— cuando sentí esa presencia antes de escucharlo.
—¿Disfrutando tu nueva posición?
Su voz.
Grave. Controlada. Peligrosa.
Me detuve lentamente antes de girarme.
Ahí estaba.
Alto. Imponente. Sus ojos grises clavados en mí con una intensidad que casi dolía.
Pero esta vez no bajé la mirada.
—No sabía que fuera un crimen obedecer órdenes de la reina —respondí.
Su mandíbula se tensó.
Se acercó.
Un paso.
Luego otro.
El pasillo parecía más pequeño con él ahí.
—¿Crees que esto fue idea mía? —preguntó.
—No.
—Entonces no actúes como si hubieras ganado algo.
El golpe fue directo.
Mi orgullo se erizó.
—Yo no estoy compitiendo con usted, majestad.
—Ah, pero sí lo estás —replicó suavemente—. Desde el momento en que decidiste hablarme delante de todos.
Silencio.
El aire entre nosotros estaba cargado.
—No le falté el respeto —dije, más bajo pero firme—. Solo no bajé la cabeza.
Eso lo hizo detenerse.
Sus ojos recorrieron mi rostro como si intentara descifrarme.
—Ese es tu problema —murmuró.
—¿Cuál?
—No sabes dónde estás parada.
La frase me atravesó.
—Y usted no sabe cómo tratar a las personas —respondí antes de poder detenerme.
Error.
Su mirada se oscureció.
En dos pasos estuvo frente a mí.
Demasiado cerca.
No me tocó.
Pero su presencia me rodeó por completo.
—Ten cuidado, Akila —dijo, pronunciando mi nombre lentamente—. Aquí las palabras tienen consecuencias.
Mi corazón latía con fuerza.
Pero no retrocedí.
—Ya aprendí eso en mi propia casa —respondí.
Algo cambió en su expresión.
Un segundo.
Solo uno.
Como si no esperara esa respuesta.
—No me provoques —añadió.
—No me humille —contesté.
El silencio que siguió fue diferente.
Más denso.
Más… personal.
Su mirada bajó apenas un segundo, recorriendo mi rostro, deteniéndose en mis labios antes de volver a mis ojos.
Y esa fracción de segundo fue suficiente para que un calor traicionero me recorriera la espalda.
Maldita sea.
—Crees que eres valiente —dijo finalmente.
—No. Solo estoy cansada de que me traten como si no valiera nada.
Las palabras salieron más honestas de lo que planeaba.
Y por primera vez…
No vi desprecio en su mirada.
Vi algo más.
Conflicto.
Pero desapareció rápido.
Volvió la máscara.
—No confundas mi paciencia con debilidad —sentenció.
—Ni mi posición con insignificancia —respondí.
Su respiración se hizo más profunda.
La mía también.
Estábamos demasiado cerca.
Demasiado tensos.
Demasiado conscientes.
Y nadie daba el primer paso para retroceder.
—Esto no es un juego —dijo.
—Nunca lo fue.
Otro silencio.
Luego se apartó abruptamente.
El aire volvió a mis pulmones.
—Serás mi acompañante —declaró con frialdad—. Pero no confundas eso con cercanía.
El golpe dolió más de lo que esperaba.
—Descuide —respondí—. No tengo intención de acercarme.
Mentira.
Pero él no necesitaba saberlo.
Sus ojos grises me atravesaron una última vez.
—Veremos cuánto dura eso.
Y se fue.
Yo me quedé ahí.
Inmóvil.
Con el corazón golpeando como si acabara de sobrevivir a una batalla.
Porque eso fue.
Una batalla.
De orgullo.
De poder.
De algo que ninguno de los dos quería admitir.
Respiré lentamente.
Mis manos temblaban.
No de miedo.
De tensión.
Porque había algo claro ahora.
No era solo desprecio.
Era choque.
Era fuego.
Y el problema del fuego…
es que si nadie lo apaga…
termina consumiéndolo todo.