Akila
El pasillo estaba demasiado silencioso para alguien que acababa de humillarse frente a la familia real.
O quizá el ruido estaba dentro de mí.
Mis oídos zumbaban. Mi pecho subía y bajaba con respiraciones cortas, como si mi cuerpo todavía no entendiera que el momento había terminado… que el desastre ya había ocurrido… que seguía viva.
Pero algo dentro de mí ardía.
No era miedo.
Era orgullo herido.
Apoyé la espalda contra la pared fría. Cerré los ojos un segundo.
“Desaparecela de mi vista.”
Su voz seguía resonando en mi cabeza.
No gritó.
No perdió la calma.
Y eso lo hizo peor.
Fue un desprecio limpio. Medido. Como si yo no fuera más que una molestia que debía retirarse del camino.
Mis dedos se cerraron en puños.
No iba a llorar.
No por él.
Ya había llorado suficiente por gente que no merecía mis lágrimas.
—Akila.
Abrí los ojos.
Milah estaba frente a mí. Su expresión era seria, pero no cruel.
—Ven —dijo—. Necesitamos hablar.
La seguí en silencio. Cada paso se sentía pesado, como si arrastrara el peso de la vergüenza conmigo.
Entramos a un pequeño cuarto de servicio. Cerró la puerta.
El aire se volvió denso.
—Escúchame —dijo—. Lo que ocurrió… no fue pequeño.
Lo sabía.
—Lo siento —respondí—. Fue un accidente.
—Aquí los accidentes no existen —replicó—. Existen errores. Y los errores… se pagan.
Sentí el golpe de sus palabras, pero no bajé la mirada.
—Entonces páseme la cuenta —dije—. Pero no fue intencional.
Milah me observó largo rato. Algo cambió en su expresión.
—Tienes carácter —murmuró—. Eso puede salvarte… o enterrarte.
No respondí.
Porque sabía que tenía razón.
—
El resto de la mañana trabajé en silencio. Cada movimiento era preciso, contenido. No quería dar otro motivo para que me señalaran.
Pero el palacio tenía memoria.
Las miradas me seguían.
Algunos susurraban.
Otros fingían no verme.
Y lo entendí con claridad brutal:
Aquí no era nadie.
Una chica nueva.
Prescindible.
Eso dolía más de lo que esperaba.
Mientras limpiaba una bandeja, mi reflejo me devolvió la mirada. Ojos verdes tensos. Cabello azabache recogido con demasiada fuerza.
Parecía… lista para pelear.
Y tal vez lo estaba.
Porque el enojo seguía ahí.
No contra el accidente.
Contra él.
No por lo que dijo…
Sino por cómo me miró.
Como si yo fuera invisible.
Y eso… no podía aceptarlo.
—
Lo vi de nuevo esa tarde.
No fue casualidad.
Cruzaba el corredor principal rodeado de guardias. Su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo. Alto. Seguro. Intocable.
Todos se apartaron.
Yo también.
Pero no bajé la mirada.
Error.
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
Y el mundo pareció detenerse.
No había sorpresa en su expresión.
Solo reconocimiento… y algo más frío.
Desdén.
Mi pecho se tensó.
No iba a apartar la vista primero.
No después de esa mañana.
El silencio se alargó apenas un segundo.
Suficiente.
Una ceja suya se elevó, mínima.
Como si me estuviera evaluando.
Como si yo fuera un inconveniente interesante.
Luego siguió caminando.
Sin decir nada.
Pero dejó algo atrás.
Una presión invisible que me hizo exhalar cuando desapareció.
Mis manos temblaban.
No de miedo.
De rabia.
¿Quién se creía para mirarme así?
Sí, era el príncipe.
Sí, tenía poder.
Pero yo seguía siendo una persona.
Y no permitiría que me redujera a menos.
—
Esa noche no tenía hambre.
Me senté en la cama, mirando mis manos.
Todavía podía sentir su mirada.
El desprecio.
La calma peligrosa.
Y algo más… que no quería nombrar.
Porque admitirlo sería absurdo.
Pero había una chispa ahí.
Choque.
Desafío.
Atracción negada.
Sacudí la cabeza.
Ridículo.
No me interesaba un hombre que me trataba como basura.
…¿verdad?
Suspiré.
Tal vez el problema no era él.
Tal vez era lo que despertaba en mí.
Y eso era infinitamente más peligroso.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
El palacio dormía… pero yo sabía que bajo esa calma se movían cosas.
Secretos.
Poder.
Jerarquías que podían aplastar a cualquiera.
Incluyéndome.
Pero algo dentro de mí se negó a encogerse.
No vine hasta aquí para desaparecer.
No después de todo.
No después de sobrevivir.
Miré la luna.
Respiré.
—No voy a romperme —susurré.
Y por primera vez desde el comedor…
Lo creí.
Porque si el príncipe esperaba que bajara la cabeza…
Estaba equivocado.
Y tenía la sensación…
de que esto entre nosotros apenas comenzaba.