A solo unos días de que nos quedara, Jayme y yo empezamos a descuidarnos. Derek ya lo sabía, y mis padres eran tan despistados que era tentador dejarse atrapar y olvidarlo todo. Aun así, sentía un nudo en el estómago cada vez que pensaba en tener esa conversación con ellos. Y Jayme y yo estábamos delirando de pasión el uno por el otro. No había cura. Simplemente ardíamos cada vez más el uno por el otro, una llama sin fin. Por muchas veces al día que lo viera o lo tocara, nunca era suficiente. Habíamos empezado a meternos en la cama del otro por la noche y cerrar las puertas con llave. Esas dos o tres horas prohibidas nos servían para aguantar hasta las siguientes, más tarde por la mañana, cuando encontrábamos la casa de un vecino a la que escabullirnos, y entonces esa hora, más o menos, n

