Me miraba como si sus ojos fueran dos bloques de hielo, fríos y sin alma. Mis piernas temblaban. El corazón me latía desbocado. Apenas podía respirar; el aire se atascaba en mi pecho. Intenté mantener la calma, aparentar fortaleza frente a esa mirada que me desnudaba de pies a cabeza. Me sentía vulnerable, casi expuesta. No aguanté más y corrí a esconderme en un rincón del baño. Pasaron unos segundos, tal vez minutos. Un golpe seco retumbó en la habitación: había caído al suelo. Un gemido se me escapó, seguido de un grito desgarrador. Él corrió hacia mí como un loco. —¡Dios mío, Diana! ¿Qué te pasó? —gritó, con una mezcla de pánico y desesperación. Me levantó con sus manos fuertes y me sacó del suelo como si no pesara nada. Yo temblaba, apenas cubierta. Mis labios temblaban, no solo

