Entré en la habitación con la cara empapada de lágrimas, hundida entre mis rodillas. Sentía el corazón latir rápido, como si fuera una hoja temblando en el viento de otoño, mientras un dolor extraño y profundo me estrujaba el alma. Ahí estaba yo, llorando a moco tendido. No es justo que yo esté pasando por esto. De pronto, sentí una mano suave en mi hombro. Al levantar la mirada, vi a Salem, con esa expresión de amiga sabia que siempre logra confundirme un poco entre ternura y desesperación. Me limpié las lágrimas como pude, intentando recomponerme. —¿Diana, qué te pasa, cariño? Sabes que puedes contarme cualquier cosa. Respiré hondo, dudando un poco, pero no me quedaba más opción que soltarlo. —Siempre estoy tratando de que me quiera… pero parece que lo único que logro es alejarlo cad

