CAPÍTULO TREINTA Y UNO Darius estaba sentado junto a la hoguera al amanecer, encorvado, con la espalda en carne viva, escociéndole, un dolor peor que nada que hubiera experimentado. parecía que le habían arrancado la piel de la espalda y le hacía daño al respirar, al moverse, al incorporarse. Dray estaba sentado fielmente a su lado, gimoteando, con la cabeza en el regazo de Darius, sin querer apartarse de su lado. Darius le ofrecía trozos pequeños de comida pero Dray, abatido, no los aceptaba. Apretaba los dientes y gruñía cuando Loti, de rodillas a su lado, le ponía un paño frío en la espalda, mojado en ungüentos, pasándolo por toda su espada como había estado haciendo durante un buen rato, intentándole calmar el dolor lo mejor que sabía. Mientras lo hacía, él vio que tenía lágrimas en l

